Four lions, una sátira
Tal vez el humor sea una
herramienta para enfrentarse al miedo. En el sentido de que desde la butaca
vemos, a distancia y protegidos, a los personajes y las situaciones. El poner
en ridículo al que desde otra mirada no es sino terrorífico puede ser una
manera de rebajarlo, de restarle seriedad a lo que se toma tan profundamente en
serio.
Sin duda el terrorismo es asunto
serio. Sin duda. Sin embargo allí está Ser
o no ser (Ernst Lubitsch, 1942), una gran sátira a partir de un asunto
escalofriante como lo es el totalitarismo nazi. Four lions (Christopher Morris, 2011) procura seguir el tono de las
películas en las que se enfrenta un tema tan delicado. Con un humor inglés a lo
Monty Python, esta película podría resultar, como La vida de Brian (Terry Jones, 1979) bastante ofensiva o bastante
graciosa. O ambas.
Érase un hombre a una bomba
pegado
El título del filme responde al
grupete de británicos musulmanes muy fanáticos —o muysulmanes, como dirían los Luthiers— que quieren inmolarse de
manera espectacular en Londres, pero no tienen claro el cómo y el dónde (el por
qué tampoco, ese es otro asunto que los dramas prefieren). Más adelante se les
unirá un quinto que pareciese querer ser más rapero que yihadista. El asunto
con estos muchachos es que son de una estupidez brutal. Todo intento de llevar
a cabo la más mínima y sencilla tarea se ve entorpecida por la incapacidad y la
ineficacia de todos. Omar, al parecer el cabecilla del grupo, es quien tiene
contactos en Pakistán para que los llamen al entrenamiento; su amigo Waj,
manipulable, inocentón; Faisal, una suerte de Chico Marx que entrena cuervos
para que lleven las bombas; Barry, el más fanático y radical, por ende el más
violento; y Hassan, quien se incorpora al grupo luego de que Barry en una
conferencia sobre el Islam lo ve aterrorizar a los asistentes porque trae bombas
pegadas al abdomen que resultan ser de juguete. Cada situación que plantean
para decidir cómo harán el atentado es más incoherente que la anterior. Llegan
a plantearse explotar Internet. De una a otra escena sus comportamientos son
ridiculizados sin piedad alguna, como cuando Faisal explica que no deben preocuparse:
ha comprado decenas de litros de cloro por meses a la misma tienda, pero no
sospecharán de él porque ha usado “una voz diferente cada vez”. O cuando al
salir a la calle sacuden la cabeza de un lado a otro “porque de esa manera si
les toman fotos saldrán borrosos”. Así siguen muchos gags que recuerdan a un Buster Keaton o a un Woody Allen temprano.
No hay otro desenlace sino el
fracaso, producto de semejante ineficacia e idiotez no consiguen su
espectáculo. Sin embargo, Waj duda. Una vez acuerdan que el gran golpe será en
la maratón de Londres —esta película es anterior al atentado en Boston— y ya
han llegado armados al sitio, Waj duda. Está confundido. Omar entonces lo
convence momentáneamente de que lo que harán está bien, pero la duda ya se ha
instalado en ambos por el resto de la película. Cuando Omar decide que es su
turno de inmolarse, dice que quiere que se sepa que se fue con una sonrisa.
Pero no es así. La angustia y seriedad en su rostro en ese momento no son cuestión
de broma. Pareciese que en algún momento el esbozo de sonrisa lo pudiese
despojar del terror que es, del deseo
de ser mártir en el espectáculo del atentado.
Comedia = tragedia + tiempo
Four lions o cuatro leones es
el primer filme del británico Christopher Morris. Director de televisión, donde
se dice está el futuro del guionista de cine, ha dirigido mordaces y ácidos
programas ingleses, y en Estados Unidos algunos episodios de la serie Veep, protagonizada por Julia
Louis-Dreyfus, la gran Elaine de Seinfeld.
Es decir, que Morris no es ajeno a la comedia negra, y en ese sentido sale
airoso, a pesar de que esta mofa sobre el terrorismo no sea para todo el mundo.
Y es que Morris no le resta importancia o seriedad al acto terrorista en sí,
sino a los personajes preparándose para llevarlo a cabo, como si se tratase de
los trascámaras del video de la amenaza, en los que los fanáticos (y aquí se
lee cualquier tipo de fanatismo, no solo religioso) no saben exactamente cómo
proceder ni cómo ponerse de acuerdo en nada. De hecho, no se escapa nadie:
incluso los policías son estúpidos. Es como si la burla a la seriedad con la
que se toman la preparación de los atentados los hiciese menos peligrosos. ¿Los
hace, acaso?
Se trata de una aproximación que a
través del humor subvierte. Hay un intento de que el otro se ría, de que tal
vez, si lo hace de sí mismo y no se toma tan en serio podría dejar de ser, podría perder esa
condición amenazante, esa de ser terrorista. El hecho de no saberse incapaces,
de no saberse ridiculizables los hace
tales. Es una provocación, un intento de
herir el honor de los fanáticos, porque cómo enfrentar a un hombre que no tiene
exigencias, con quien no hay negociación posible, para quien la vida vale más
si termina. El humor que hay en mofarse de uno mismo es señal de cierta madurez.
El humor como disolución del miedo. Como desarme del terror.



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