Diario de una adolescente
Un diario puede
significar la
posibilidad de hurgar, de entrometerse en la vida de otro. Para el que lo lee sin ser el dueño
resulta casi como asomarse a la mirilla de la puerta. Y podría pasarse por alto la emoción que lo impulsa: enfermiza
de un Norman Bates u obsesiva de un enyesado L.B. Jefferies. Pero para el autor, el
diario pareciese ser un ejercicio para volver sobre sus propios
pasos y recordar quién se es, porque a los diarios se
vuelve una y otra vez, sea íntimo, de viajes, de sueños, o para dejar
testimonio, como el más famoso diario de todos, el de Ana Frank. Al documentar
día a día con afán de historiador los pensamientos o hechos cotidianos, el autor
deja allí una suerte de cápsula del tiempo a la que podrá referirse él o
alguien más —porque tal vez
haya algo de escribirse para que alguien más lo lea—, digamos entonces que un
diario puede ser, en principio, intimidad
y preservación
de la memoria.
Los diarios se escriben, valga la redundancia, a diario, y tienen una manera irrepetible de ver el
tiempo,
y la vida, como si pasase
por una lupa. Permite una intimidad voyerista, una
cercanía que solo se tiene
con uno mismo para uno mismo. Me gusta pensar que se puede
llegar a ver exactamente dónde se produjo el cambio en otro o en
uno mismo,
hasta cuándo se pensó y sintió algo, cuánto se prolongó una situación, en qué
momento se dejó de ser quien se
era, o alguna
parte de quien se era. Como si se quisiera
mantener un fragmento de vida a salvo del olvido, pero no cualquiera, sino uno
en el que se da a conocer cada pensamiento, cada pequeña acción ejecutada,
porque en algún momento alguno de ellos podría llegar a ser una clave, un elemento
de vida
rescatable, re-discutible o reinventable. O porque sencillamente nos pareciese acercar a una suerte
de trascendencia.
El diario de Cecilia Lisbon es un tesoro para un grupo de muchachos que fueron
testigos y testimonio de las
vidas de cinco hermanas cuyo final sería devastador. Sofia Coppola, esa suerte de Nabokov cinematográfico,
dirige sin sanción moral alguna Las
vírgenes suicidas (1999),
la primera de muchas películas cuyos protagonistas, conflictos o situaciones son
adolescentes. En esta, su opera prima, una familia sufre el suicidio de la hija menor, Cecilia, quien
intentó terminar con su vida, en un primer
intento,
cortándose las venas y luego lo consigue de la manera más espantosa, al lanzarse por la
ventana y ser atravesada por una de las puntas filosas de la reja del jardín.
Por supuesto, ninguno de los personajes
será el mismo después de este horror.
Todo
ángel
es
terrible
Para los muchachos del colegio las Lisbon fueron una obsesión, verlas era experimentar casi
una ensoñación, este grupo de chicas hermosísimas, angelicales, inalcanzables
e inescrutables representó
para estos muchachos el
enamoramiento mágico y trágico, el rapto que caracteriza al enamoramiento en su
sentido griego. Pero la suerte del resto
de las chicas será la misma que la de Cecilia, y no habrá un diario para ellas,
salvo el que los muchachos arman para ellos mismos. Relatarse entre sí la
historia de las hermanas fue una manera de llevar un diario no escrito sobre la vida de las Lisbon, por las
que sintieron tal atracción e interés que al contarla harán lo mismo con la propia.
Un grupo de muchachos lleva a las Lisbon al
baile de graduación. Uno de esos chicos es quien narra la historia. La primera
en morir fue Cecilia, a los trece años. Sucede en el transcurso de una fiesta
dedicada a ella, luego de que el médico (una breve aparición de Danny DeVito) ha
recomendado a sus padres que lo mejor es que las niñas socialicen con el sexo opuesto.
A partir de semejante desgracia, la madre de las niñas (Kathleen Turner) resiente
sus salidas de casa, hasta que finalmente les permite regresar a la escuela.
Aparece entonces Trip Fontaine (un jovencísimo Josh Hardnett) un muchachito
rompecorazones que caerá rendido ante la presencia hechizante de Lux Lisbon
(Kirsten Dunst, esa lolita de los noventa, quien repetirá con Coppola en María Antonieta), y se olvidará de todas
las demás chiquillas que caen a sus pies sin esfuerzo alguno, para tratar de
conquistarla. Trip convence al señor Lisbon (un James Woods estupendo) de que
les dé permiso a sus hijas de ir con ellos al baile de graduación, sin embargo
sucederá algo en esa salida que hará que la señora Lisbon evite que sus hijas
vuelvan a dejar la casa nunca más. Una suerte de Bernarda Alba de suburbio
gringo. Las chicas como el objeto del deseo y la obsesión, consiguen que los
muchachos estén allí para ellas en cada momento de sus vidas, y de sus muertes.
Cómo a partir del diario de Cecilia se arma, se
construye, se recrea todo un imaginario sobre la corta vida de estas cinco
adolescentes; la colección de sus objetos, de recortes sobre la noticia de sus
suicidios, de los catálogos de viaje que recibían mientras eran prisioneras en casa,
todos elementos de un universo al que los chicos procuran dar orden, narrar en
su cotidianidad e intimidad como escribiendo un diario propio, en un intento
por comprender, seguro, pero más allá de eso, por preservar los hechos más
personales de aquellas que han calado tan hondo en sus memorias, y que los
hacen quienes son sin perder nunca de vista que, al volver sobre sus propios
pasos, descubren que la inmortalidad podría comenzar a gestarse relatando una
historia de amor.




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