La familia a la mesa





Albertine (Karin Viard) viaja a Francia con su esposo e hijos a una reunión familiar. En el tren, intenta convencer a un grupo de personas de que cambien de asiento para que ellos puedan sentarse juntos “porque son familia”. Nadie se ofrece. Albertine toma su asiento entonces, con su familia esparcida por todo el vagón. A partir de aquí regresaremos al año 1979 cuando el famoso Skylab, esa estación espacial norteamericana sufrió daños graves y se creía caería a la Tierra acabando con la vida de quienes se encontrasen cerca (en realidad cayó en Australia, y a la NASA le cayó una multa de 400 dólares por arrojar basura en un lugar público). Ese verano Albertine, de once años, viaja con sus padres, interpretados por Éric Elmosnino y Julie Delpy, a una reunión familiar por el cumpleaños de la abuela. Allí se encontrará con primos, tíos, abuelos; jugará en el jardín, comerá cordero y cuscús hasta hartarse, irá a una playa nudista por error, peleará con su prima parisina, con su tío por política y racismo, cantará, bailará, entrará y saldrá con la familia del jardín a la casa para resguardarse de la lluvia que llega a destajo, le revelará secretos a su primo más cercano, le gustará un chico y tendrá su primer desencanto amoroso, salvará junto con el resto de los niños a un tío de un final funesto, y un largo etcétera que hace de esa visita algo tan importante como para levantarse de su asiento en el tren e insistir en que los dejen sentar juntos hasta lograrlo.

Álbum de instantáneas
Julie Delpy (Dos días en París, 2007) reúne un elenco de cerca de treinta actores —entre ellos Emmanuelle Riva, protagonista de Hiroshima mon amour (Resnais, 1959) y Amour (Haneke, 2012)— dirigidos con una maestría admirable en Le skylab (2011), una cinta sin pretensiones que además dedica a su madre. Un retrato maravilloso que contiene la vida entera, los cambios por los que pasamos todos: infancia, adolescencia, matrimonio, embarazos, primeros amores, problemas conyugales, profesionales, la llegada de la vejez. También están las crisis francesas de la época, asuntos políticos como la guerra de Vietnam, el conflicto franco-argelino, mayo del 68, los intelectuales de izquierda, la derecha, la migración española, la liberación sexual, el feminismo, y asuntos tecnológicos como el Skylab. Además está el hecho de que ese satélite, del que hablan con frecuencia, pueda llegar a caerse y matarlos a todos, lo cual no parece preocuparlos demasiado. Hay algo de mezquindad en ese sentido, los personajes se pelean por estupideces cuando están esperando noticias sobre algo que podría acabar con ellos. Creer que van morir no cambia nada. O tal vez es que estar juntos es lo que importa, y qué más da si cae esa chatarra aquí ahora mismo.
La estampa que le hace Delpy a esta familia es espontánea y fresca. Ese desastre que es la familia junta, todos mojados entran y salen de la casa con platos llenos de cuscús y copas de vino, sueltan unas líneas espléndidas (“mi esposo me toma veinte veces por noche”, “¿y no te escuece el coño?”), las confesiones y chismes entre las mujeres, de si mi hija hace esto, mi hijo lo otro; las abuelas tomando oporto y hablando de sus difuntos esposos y su regreso de la guerra, los hombres jugando al fútbol terriblemente mal, después de ensartar y asar el cordero, repletos de postre y licor, pesados, torpes. Los niños se pelean, se juzgan: “ahí vienen los de París”; otros se juegan bromas, se hacen chistes escatológicos y se ríen como nunca, dejan con rapidez la mesa para irse a ver las tripas que le han sacado al cordero o a matarle las garrapatas al perro. Y los adolescentes, tres muchachos, dos de ellos unos inadaptados, poco exitosos con las chicas que siguen a todos lados al popular, un chico insoportable que se las da de malo, de rebelde, que fuma a escondidas, golpea a sus primos y en fiestas se besuquea con la que quiera y baila música disco, y que a los tres las madres los tienen para tráeme esto, ayuda a tu tía, levanta los platos, anda a buscar el pan. En fin, que están todos allí: los que uno no quiere ver, los que sí, los que no te acuerdas cómo se llaman, los que te hacen sentir mal por las decisiones que has tomado, los que creen que tienen su vida en orden, los exitosos, los pretenciosos, los estúpidos, los lujuriosos, los que hacen un escándalo y los que lanzan puntas creyendo que así nadie notará que son infelices.
Es esa la dinámica familiar conocida por todos, celebrada, aborrecida, criticada. Y se alza sobre cualquiera. Sobre todo rencor, orgullo, admiración, cariño, y respeto que pueda haber entre sus integrantes. La familia está allí a la mesa como la institución que aun en estos tiempos de mandar a la gente a la porra da la pelea por ser en realidad el núcleo al que hay que regresar como asidero para perpetuar las tradiciones que dan coherencia a cualquier sociedad civilizada.

La bulla en pasado
Los retratos de todos los personajes resultan naturales, divertidos, nostálgicos, como sentarnos a ver fotos de ese viaje que hicimos hace añales. El Skylab está repleta de aquellas situaciones que nos gusta recordar, comentar, tener como experiencia para hablar luego de ella y decir, sí yo fui, a mí me pasó, y reír y llorar y aprender, pero que a veces no nos gusta vivir en gerundio. Mientras estamos allí y especialmente si llevamos más de un día (en algunos casos mucho menos) por lo general queremos que se termine ya, volver a casa, dormir en nuestra cama, no entre brazos y pies de primos y tías que roncan y dan vueltas toda la noche. Aunque al recordarlo sí, fue incómodo y divertido al mismo tiempo y hasta se llega a agradecer haber ido y compartido. Haber estado allí es importante. El roce. El griterío. La comilona. La familia como esa suerte de salvoconducto que una, dos, o trescientas sesenta y cinco veces al año nos asegura que hay un sitio al que pertenecemos, para bien o para mal. En El Skylab, una historia ligera trazada con precisión y gran sentido del humor, todo se conjuga en esa alharaca, ese bullicio. Temo cuando se calla, no vaya a ser que decida imaginar una nueva casa y no estemos todos juntos para contarnos.

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