Ettore Scola: Feos, sucios y malos
Cuando el recién fallecido Ettore Scola presenta su película Feos, sucios y malos (1975) en el Festival de Cannes, declaró a la prensa que esos feos, sucios y malos son los que viven en la periferia de Roma, llevados hasta allí por las maneras de la burguesía. Pareciese tener sentido que un militante comunista se interese en una historia como esta, hasta que nos enfrentamos a aquel retrato de pobreza y miseria. Afirma el propio Scola que el proyecto nació como un documental, por lo cual tiene ese estilo “objetivo” aunque se considere una commedia all’italiana, la especialidad del director. Muestra a una familia de quién sabe cuántos integrantes que vive en condiciones de ruindad y bajeza, como si se tratase de una película neorrealista: Giacinto, el pater familias ha recibido una buena suma de dinero en compensación por haber perdido el ojo, y lo que se desarrolla alrededor es una serie de tretas mórbidas para hacerse con el dinero, mientras al margen se encuentra una niña que parece ser la menos fea, sucia y mala, y a quien Scola hala hacia abajo al final para que acompañe a sus allegados.
El padre del
neorrealismo
Roberto
Rossellini define la vanguardia como “una mayor curiosidad hacia los
individuos”, “una necesidad de decir las cosas como son”, “una sincera
necesidad de ver con humildad a los hombres tal como son (…) de no ignorar la
realidad cualquiera que esta sea”. En Feos, sucios y malos Scola
ha hecho precisamente eso: va al meollo de la cuestión, no se queda en la
superficie, plantea y se plantea problemas correspondientes a la realidad.
Cesare Zavattini sin embargo circunscribe la vanguardia a un momento histórico:
la guerra y la posguerra mundial. La película de Scola se lleva a cabo en los
setenta, cuando la guerra llevaba treinta años de haber culminado. Se habla
entonces del revés del neorrealismo: el sentimentalismo de Vittorio De Sica con
su Umberto D, su Bruno Ricci y su Totó se revierte y aparecen Tomassina, una
joven que posa para revistas pornográficas cuya madre la aúpa porque le trae
dinero, Giacinto, un padre de familia que amenaza con escopeta si se acerca
alguien de la familia al dinero que se niega a gastar y que esconde por los
agujeros de la casa, y un sinfín de personajes barriobajeros, desvergonzados e
impúdicos.
El director
parece estar de acuerdo con los profesores universitarios Sendhil Mullainathan
y Eldar Shafir cuando dicen que es más fácil para un hombre corromperse si no
tiene techo y comida, aunque su retrato vaya más allá: la maldad en muchos
personajes es gratuita, y en realidad no hay sufrimiento, porque aunque vivan
en condiciones casi salvajes, parecen estar grotescamente conformes, a gusto.
Los pobres de De Sica, en cambio, pueden ser feos, también ser sucios, pero
nunca son malos. Siempre víctimas.
El padre del
surrealismo
Luis Buñuel
presenta en Los olvidados una pobreza delincuencial bastante apegada a
la realidad, sin embargo hunde al personaje principal en una coartada que le
permite decir que es la manera en la que la sociedad está organizada lo que
hizo posible sus fechorías. Es decir, le sustrae la culpa al muchacho. (Algo
similar a lo que declaró hace poco el Chapo Guzmán a través del tonto de Sean
Penn, pues dijo que donde creció “no había otro camino que vender drogas”,
creyendo liberarse así de la responsabilidad de ser el delincuente que es).
Pero Buñuel, quien tenía buen humor, dijo una vez con ironía que a los pobres
del neorrealismo, sobre todo los de De Sica, no provocaba sacarlos de la
pobreza, de tan buenos que se muestran. Cuenta Carlos Fuentes, quien vio Milagro
en Milán con él, que para Buñuel la pobreza rebaja, como también puede
hacerlo la riqueza. No creía en los pobres como santos ni en los ricos como
egoístas y crueles.
La trampa del
neorrealista sentimental de retratar al pobre como bueno no tiene cabida en
esta película. Dar entonces con la razón por la que un hombre como Scola tomó
este punto de vista para exponer la pobreza se hace un poco más difícil: acaso
será porque culpa al sistema burgués de la maldad del pobre, como se puede
entrever en sus declaraciones en Cannes. Pero muestra a los feos, sucios y
malos comportarse como el codicioso más salvaje al esperar el día de pago de la
pensión de la abuela e ir todos con ella a cobrarla, y también a Giacinto
superar cualquier obstáculo, incluso el envenenamiento por parte de sus
familiares, con tal de no darle su dinero a nadie. Nada de esto justifica la
maldad y la pobreza de espíritu. Scola hace a sus pobres crueles, violentos y
miserables como sepultando la mirada neorrealista que también critica Buñuel.
Desconozco si era esa su intención. Tal vez solo se quejaba de no poder llevar
a cabo la revolución comunista con esos ladrones, vividores y flojos que
retrata. Tal vez, como Visconti, no podía ocultar que era de espíritu
aristocrático, por más comunista que dijese ser, y por lo tanto fue implacable
con la maldad de la pobreza. Lo que hace Feos, sucios y malos es
desmentir al demagogo, una tarea titánica que toma muchísimo tiempo, porque por
vívida que sea la denuncia que hace Scola la mayoría se resiste a verlo.
Entonces, ah, pobrecito Ricci sin su bicicleta, pobre del anciano Umberto D y
su perrito, y de Totó el adorable.
Tenía razón
Buñuel.
[Hace pocos
días, con motivo de la celebración del Día Nacional del Cine, las instituciones
del país afines al área cuyo compromiso con el régimen no dudan en cumplir,
organizaron una programación en homenaje a Simón Bolívar para rechazar “el
agravio que padeciera su memoria a manos de la entrante directiva de la
Asamblea Nacional”. ¿No es conmovedor? A De Sica le habría encantado.]


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