Los hombres de la cámara
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Vladimir Maiakovski tenía tres
años cuando a su Rusia natal llegó un aparato francés que provocó gran interés,
el cinematógrafo. Cuenta Román Gubern que el invento de los Lumière llega a la
tierra del zar Nicolás II justo a tiempo para rodar su coronación. Durante los
años previos a la revolución el cine más significativo era importado de la
monstruosa casa productora francesa Pathé, sin embargo, hubo un competidor
local destacado. Una productora de cine rusa, la primera del país, propiedad de
A.O. Drankov, fotógrafo en San Petersburgo y corresponsal para el Times de Londres.
Drankov era con frecuencia
descrito por otros cineastas contemporáneos como un hombre de cabellos rojos,
enérgico, de mal gusto, sensacionalista, sin educación ni principios. Asociado
con un hombre de negocios, recapitalizó su estudio en 1913 y se dedicó a la
búsqueda de “buenos guiones” a través de un concurso que publicitaba en la
prensa. De Drankov se dice mucho: que emigró a Estambul luego de la revolución bolchevique,
que vendió joyas en Kiev, que en algún lugar de Europa rodó películas
pornográficas. Curiosamente –y siguiendo a un grupo de cineastas rusos que
hicieron lo mismo– se sabe que abrió un restaurante en los alrededores de
Hollywood, donde empleó a un compatriota, técnico de iluminación, como
camarero. Y se asegura que viajó a San Francisco, donde abrió un estudio
fotográfico.
A tan solo tres años de que se
cumpla el centenario de la Revolución rusa –la primera experiencia socialista
de la historia moderna, dice Gubern– es importante señalar que hoy tenga
vigencia una ideología semejante a la que haría que aquel partido comunista se
dividiese en rojos y blancos; y cómo la memoria debería prevenirnos de tomar
decisiones que han resultado en todo lo contrario de aquello que sería la nueva
sociedad moderna anunciada por quienes asumirían el poder.
2
Maiakovski tenía dieciséis años
cuando Filippo Marinetti publica en Milán el manifiesto futurista. Mientras los
italianos favorecieron las artes plásticas, los rusos lo hicieron con la
literatura, la poesía. Sin embargo, un artista inscrito en un movimiento donde
se exaltan la velocidad, el movimiento y la máquina no podía dejar al nuevo
arte por fuera. Maiakovski escribió guiones, actuó y dirigió cortometrajes y
dibujó afiches para películas suyas y ajenas. Escribió y dirigió revistas donde reflexionó sobre las
similitudes y diferencias entre el teatro y el cine, considerando al último una
versión mejorada del primero. Además de su poesía, lo que se suele destacar de
este ruso es su exaltación y propaganda de la revolución rusa, además de sus
problemas con los oficiales soviéticos. Hoy persisten artistas de izquierda que
le dedican algunos de sus trabajos, siempre demasiado cercanos al jipismo y la
cursilería.
Impulsada por la ráfaga futurista
y la famosa consigna de Lenin, esa que declara al cine como el arte más
importante de todos, se gesta en Rusia otra revolución muy distinta: la de la
nacionalización de la industria cinematográfica y la creación de la GIK, la
Escuela Cinematográfica del Estado, impulso que fue consecuencia de que el
gobierno bolchevique entendiese la importancia del cine frente a las masas. Drankov
y Maiakovski también.
Desde 1912 hasta 1919 la vibrante
y cosmopolita ciudad de San Petersburgo fue el hogar de Maiakovski. Drankov
pasó cinco de esos siete años en la misma ciudad –con intuición abandonó Rusia
tras la llegada de la revolución–, preparando unas películas de crimen,
novedosas para la época (para variar, las habían ideado antes los franceses)
con las que tuvo éxito. Maiakovski escribía para las tablas, y estaba por
enamorarse de quien sería su musa, Lilya Brik, la mujer de Osip Brik, quien
fuese más adelante editor de sus trabajos más destacados.
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Drankov, el chanta que conocía
bien a su público, venía de librar una dura batalla por el mercado con otro
productor ruso, Khanzhonkov, a quien temporalmente venció gracias a la toma de
imágenes del escritor Leon Tolstoi, para luego perder buena parte de sus
espectadores gracias a la importación que haría Khanzhonkov de películas como El asesinato del duque de Guisa de la
Film d’ Art francesa. Pero Drankov volvería a sus andanzas gracias a su rodaje
de otro personaje de la literatura rusa: Máximo Gorki. Tomar estas imágenes no
fue fácil. Drankov filmó a Gorki en contra de su voluntad. El escritor trató de
detenerlo: lo golpeó, le ofreció dinero para que se fuese. Drankov sin embargo
obtuvo las vistas. Ese mismo año Lenin visitó a Gorki en Capri.
Maiakovski, tras salir de la
cárcel por estar asociado al clandestino partido comunista durante el gobierno
zarista, rechaza volver a ser miembro. A partir de esa decisión el poeta sería
vigilado por los soviets bajo las órdenes de Lenin hasta su muerte en 1930.
Esta estuvo rodeada de misterio, pues Maikovski se pega un tiro al corazón tras
el rompimiento con una actriz, según la versión oficial. Sin embargo aquel
encargado de la investigación de la muerte del poeta murió días después,
también de un tiro.
Sobre la muerte de Drankov no hay
información, salvo el lugar: San Francisco, California. Pasó sus días en esta
ciudad trabajando en un estudio fotográfico tras haber abandonado Hollywood
donde al parecer intentó sin éxito retomar la hechura de películas.
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El poeta y el fotógrafo debieron
haber conocido a los mismos operadores del cinematógrafo, a los mismos
técnicos, a los mismos vestuaristas (Maiakovski trabajó un buen tiempo en el
teatro), los mismos actores. Tal vez se conocieron, o al menos habrían
escuchado el uno del otro.
La poesía y la cinematografía
tienen en común la materia prima: la imagen. En Rusia la tendencia a unirlas y
a ver similitudes entre ellas es muy antigua, casi tanto como lo es el cine. Maiakovski,
el poeta que hacía cine, vería su destino ensombrecido por la ideología, luego
de entregarle sus versos a la historia del arte. Drankov, el periodista que
hacía cine, vería el suyo en la soleada California, tras largos años de
dedicarle un aporte a la cinematografía de su país. Maiakovski, el sensible;
Drankov, el inescrupuloso. Cabría preguntarse cuál escogió realmente su camino.
Quién de los dos, artistas rusos contemporáneos, fue libre.



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