La dolce Anita (a la manera de Cabrera Infante)
Anita Ekberg ha muerto y se
podrían escribir las notas más tristes esta tarde. Que murió tras haber
enfermado y perdido su casa en Roma luego de que esta ardiese, que nunca tuvo
un matrimonio exitoso ni relaciones largas con quienes fueron sus amantes. La
mayoría de las notas de prensa ha alabado sus atributos físicos, en una suerte
de himno a sus mamas mayúsculas.
Anita Ekberg dijo una vez que fue
ella quien hizo famoso a Fellini, y no al revés. El gigante Federico estaba de
acuerdo. Le comentó al editor de cultura Constanzo Constantini (en Fellini. Les cuento de mí, Sexto piso) que
para él La dolce vita (Federico
Fellini, 1960) se identifica con la actriz sueca más que con cualquier otra
cosa. Su belleza monstruosa, portentosa, dijo Fellini, era algo que no había
visto nunca. Y Marcello (Mastroinanni, por supuesto) tampoco. La noche que la
conoció le dijo al director que esta bomba sexual le recordaba a un soldado de
la Wehrmacht.
La primera vez que se ve La dolce vita –dada la magnitud de la
fama de los protagonistas y el director–, se espera la llegada de Anita Ekberg
como la brisa de verano, y cuando esta sucede es todo y más de lo que se podría
desear. Sylvia, su personaje, se bambolea aquí y allá para complacer a los
paparazzi, ese término felliniano por excelencia. Para la famosa escena en la
Fuente de Trevi Ekberg se internó en el agua helada con su escote magnánimo y
permaneció allí inmutable. “Marcello,
come here!”, le gritaba Sylvia feliz al personaje de Mastroianni desde la
fuente, mientras Marcello –el actor, no el personaje– no paraba de beber vodka
para soportar el frío. Las secuencias son mágicas, espléndidas. Anita se adueña
de la pantalla con magnetismo ineludible.
Muchos hablan del impacto del
Cristo elevado en helicóptero del inicio de esta película de Fellini. Pensándolo
bien, la verdadera impresión, la imagen más memorable en La dolce vita –a pesar de aparecer durante menos de un cuarto de la
duración total de la película– es la Ekberg. También nosotros correríamos como
Marcello tras ella escaleras arriba en la cúpula de San Pedro, así como
caminaríamos por las calles solitarias de Roma de madrugada para buscarle un
plato de leche a su gato, y sin duda, la seguiríamos embelesados a la Fuente de
Trevi titiritando.
Es la belleza. Umberto Eco aclara
que el sentimiento de lo bello no está nunca ligado al deseo. Lo bello lo es en
sí mismo, independiente de las ganas de posesión. Rik van Nutter, Tyrone Power,
Dean Martin, Frank Sinatra, King Vidor, Fellini, Mastroianni, son solo algunos
de los caballeros que prefirieron a esta rubia y que con seguridad habrían
estado en desacuerdo con Eco. Muchos fueron sus amantes, otros compañeros de
trabajo, y siempre dijeron lo mismo sobre Anita. Era bella, y su belleza era
inverosímil. Estar frente a algo semejante parece ser arrebatador: se abandona
cualquier situación por la contemplación, lo mundano por lo trascendental.
Reconocerlo tal vez sea que aún en estos tiempos algo cautiva el espíritu en
estas sociedades inmersas en el infantilismo de un selfi.
El Hollywood de hoy parece haber
perdido algo de su glamur. Ya no las hay como Anita en el cine, excepto, tal
vez, por Scarlett Johansson, quien le bajó al platinado de su cabellera como
renunciando a la insistencia del público en compararla con otras rubias en
apariencia más bobas y en definitiva más inmortales. A casi cincuenta y cinco
años de la primera proyección de La dolce
vita, las imágenes de Anita Ekberg bailando y adentrándose en la fuente
siguen siendo aquellas con las que se reconoce y presenta la película. Y aunque
Marilyn sea en realidad el mito de la mujer rubia, hay bellezas ante las que no
se puede sino sentir fe. Goodbye,
Anita.



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