Under the skin
La película abre con una
secuencia en la que las imágenes aparecen una a una por apenas un instante,
como en el inicio de Persona de
Bergman. Un ojo que llena la pantalla, luces blanquísimas que aparecen y
desaparecen en un parpadeo. Desde el primer plano Under the skin (2013, Jonathan Glazer) se asemeja a grandes rasgos a lo impresionista: una historia
sencilla contada con ingenio estético. En cada una de las escenas más
representativas del género, esta película de ciencia ficción presenta imágenes
poderosamente sensoriales, oníricas, evocadoras de algún efecto del que no se
está muy claro, pero que sin duda llama la atención.
Una inesperada e idónea Scarlett
Johansson interpreta a un alienígena que recorre en automóvil un pueblo escocés,
coqueteando inescrupulosa con hombres solitarios en la calle, ofreciéndoles
llevarles a donde tengan que ir y seduciéndolos con el mínimo esfuerzo. Son sus
presas. Parece complicado para el personaje principal el penetrar en ese
pequeño mundo humano, sus maneras, sus costumbres, salvo a través de la
atracción sexual que procura. Vemos con ella a la humanidad desde afuera, con
dificultad para entender los acentos de los hombres, cada uno más inexplicable
incluso para los espectadores norteamericanos, y sobre todo sus actos más
mundanos. Comer, tener sexo, tropezar. Se encuentra siempre ante una empresa en
la que fácilmente tiene éxito cuando se vale de lo único humano que tiene. Sin
embargo cuando literalmente se ve frente a aquello –en esa escena que le dio
fama a la película, el irresistible desnudo de la Johansson–, en una suerte de
cima de detonantes mínimos que la llevarán a querer más que solo parecer el
otro, las maneras darán cuenta ahora de un cambio en su posición de cazadora. La
piedad, como bien han mencionado en algunas reseñas, surge determinante en uno
de los encuentros. Hay en los hombres amabilidad y generosidad; odio,
resentimiento y violencia también.
Las escenas precedentes al
añorado coito del personaje principal con los habitantes de este pueblo ocurren
en un espacio completamente negro, como si se cayese por el filo del mundo y
esa ausencia de color potenciase cualquier recoveco incómodo de la imaginación del
espectador con un resultado inquietante, perturbador. Las reacciones inexpresivas
de Johansson frente a las víctimas, suyas o de la naturaleza –muy presente en
la segunda mitad de la película, y con mucho peso: las fuerzas del agua, el
viento, el fuego son casi tarkovskianas–,
su rostro en primeros planos abrumados por el resplandor del sol en los
parabrisas, su perfil ausente de conexión alguna con lo que está a su alrededor
construye un personaje que resulta ajeno y empático. Lo extraño en realidad son
esos hombres, esas vidas que transcurren entre mezquindades.
La atmósfera tensa entre
impresiones visuales y música es fundamental, lo más interesante. El plano con
el que finaliza la película mira al cielo, como lo hizo Kurosawa en Rashomon, mientras la nieve cae y los
créditos comienzan su aparición. De blanco a blanco, Under the skin apuesta por una manera de narrar que extrañamente se
asemeja a la de los grandes. Una trama pequeña a cambio de gran pureza
cinematográfica, donde no se desperdicia el tiempo en regodeos experimentales,
y su aspecto, su asunto visual sucede latente.




Comentarios
Publicar un comentario