Lo que el bosque se llevó
1
Podría señalar que el mayor atractivo del
musical Into the woods (2014) sea que
las historias de los hermanos Grimm se nos presentan íntegras, sin edulcorar y sin
haber sacrificado por ello la belleza de la puesta en escena. O tal vez sea el
director Rob Marshall, responsable del último gran musical de nuestros tiempos:
Chicago. O la suma de todos estos
elementos.
Into the woods combina algunas de las historias de los hermanos Grimm en una jungiana ida al
bosque. Tres están entrelazadas a priori: la Bruja (Meryl Streep) ha puesto un
hechizo sobre la casa del Panadero y su mujer (James Corden y Emily
Blunt), sus vecinos, condenándolos a no tener hijos. Lo ha hecho en venganza por lo
que le hizo el padre del Panadero, quien le robó sus vegetales y sus
habichuelas mágicas. Le permitió llevarse el botín, a cambio, les
pidió su primer hijo: una niña de cabellos dorados a la que llamó Rapunzel (Mackenzie Mauzy). Producto del
hurto de las habichuelas la madre de la Bruja maldice a su hija haciéndola
vieja y fea, y esta decide entonces encerrar a la niña en una torre. Cuando la
Bruja aparece en la casa de sus vecinos para informarles que pueden revertir el
hechizo que ella misma les ha puesto, les da una tarea: conseguir una capa
roja, una vaca blanca, una zapatilla dorada y cabello amarillo como el maíz. Si
lo hacen, tendrán a su hijo.
Este comienzo coral es uno de los mejores números de la película
–el otro es Agony, interpretado por
dos príncipes: el de Rapunzel y el de Cenicienta (este último, un maravilloso Chris Pine), en el que se quejan de no poder hacerse con las chicas que
desean– y da un arranque lleno de expectativas. I wish, repiten los personajes, deseando esto y lo de más allá, como debe ser en el género. Poco a poco van internándose en el bosque. Cenicienta (Anna Kendrick), madrastra (Christine
Baranski) y
hermanastras van camino al festival en el castillo del rey. Jack (Daniel Huttlestone)
lleva a vender su vaca que ya no da leche. Caperucita (Lilla Crawford) va ver a su abuela y se encontrará con el lobo (Johnny Depp), y el panadero y su esposa tratarán de reunir los objetos que
necesita la Bruja. Nos adentramos con ellos en el bosque.
2
Algunos de los más destacados musicales del cine están cantados en
su totalidad. Jesucristo superestrella
o Los miserables se construyen más
cercanos a la ópera. Into the woods
es también uno de ellos. En este tipo de musical la cualidad de elevar las acciones
determinantes de la historia con números musicales corre el
riesgo de perderse, precisamente porque todo está cantado, pues la intermitencia de
las canciones funciona hasta que ya no existe
pausa entre ellas. Pareciese hacer de la película una
interminable sucesión de pequeños conflictos, decisiones, desenlaces y reflexiones que
se presentan minuto a minuto, sin equilibrio entre zonas de descanso y picos dramáticos, agotándose (y nos) con facilidad.
El musical clásico más
estándar de
Hollywood no está enteramente cantado. Tiene en principio una canción que presenta a los protagonistas,
por lo general una pareja diametralmente opuesta y que se unirá en
matrimonio: es la estructura de la comedia musical. Las canciones, por lo
general acompañadas de un número de baile, están dispuestas en lugares
estratégicos del guion desde donde los personajes cantan y bailan sus
conflictos y decisiones para el avance
de la trama.
Broadway ha acompañado durante mucho tiempo al cine. Con la
llegada del sonoro se convirtió en una suerte de refugio para los directores y productores que, instados a salvar su película, entraron en pánico tras la enésima toma del diálogo entre actores
con impedimentos del habla. Los actores del teatro musical no solo enunciaban
con perfecta dicción y control del volumen, también sabían cantar y bailar. Los
musicales del cine extraen entonces mucho
talento del teatro, en su mayoría el que da la cara: los actores. Los
coreógrafos como Busby Berkeley también tuvieron su gran momento de fama, y
también les llegaría el momento a los dramaturgos. Eso sí, para que funcione, siempre debería mediar un guionista.
3
En Into the woods, luego
de que pasa lo que tiene que pasar, es decir, luego de que las historias
llegan a su conclusión única ya determinada por los cuentos de Grimm, y justo
antes del vivieron felices para siempre, la tierra se sacude y aparece un
personaje nuevo. La amenaza que este ser ajeno significa para las vidas de
nuestros personajes los insta a replantearse sus deseos; no solo porque ya los
anteriores se cumplieron, sino porque en el bosque se puede convertir en
realidad lo que no sabemos que deseamos. A partir de este punto la historia se
torna mucho menos consistente, varias decisiones parecen gratuitas y se pierde
un poco la perspectiva. No hay un camino claro a seguir, y lo que era ya de por
sí ambiguo y reflexivo en la ética
de los personajes de Grimm se torna aún más opaco, no solo para los personajes
sino para el espectador, que frunciendo el ceño ve surgir situaciones cada vez
más incongruentes con lo ya acontecido.
La historia pasa del final de los desenlaces conocidos por todos,
hacia qué pudo haber sucedido luego, y lo que sigue es epiléptico. Los
personajes muestran ahora un lado desconocido y lo único que puede llegar a
concluirse es que en el bosque la
naturaleza de sus caracteres se tuerce porque la condición moral humana puede
ser muy frágil, para bien o para mal.
La apariencia de este musical es engañosamente teatral: da la impresión de
que el diseño de la película fuese el de una obra de teatro. Las monedas y el arpa que Jack roba de los gigantes no tienen el
peso que les correspondería, los actores las alzan sin esfuerzo. Las
actuaciones son teatrales, histriónicas, que no mediocres: todo lo contrario. Solo están en el
formato equivocado. El hecho de que se esté interpretando un cuento de hadas musicalizado no
debería significar que los actores deban abandonar la pequeñez que exigen los
gestos en el cine.
4
Una obra original y su adaptación a la pantalla grande son
completamente distintas. Trasladar una pieza de teatro íntegramente al cine, no
es hacer cine. La especificidad de este arte debe tomarse en cuenta. Se toma
un texto para desnudarlo de su
teatralidad. El uso de primeros planos y el dinamismo
que aportan los distintos encuadres y el montaje se encargan de que un texto
teatral deje de serlo. También se prefieren
las obras que tengan alguna escena en exteriores, o al menos trasladables al exterior; elimina la quietud del escenario teatral. Pero sin duda lo más importante es que la obra a adaptar tenga
personajes con conflictos visibles. Deben eliminarse los diálogos que se puedan mostrar. “No puedes enamorarte del sonido de las
palabras” declaró Alfred Uhry, guionista de Driving Miss Daisy, adaptada de las tablas.
Lo cinematográfico es visual primero. En teatro, la palabra
construirá la imagen: la palabra está antes y es a través del actor, de los
matices que pueda tener la voz de este al enunciar, de su volumen, de su tono,
de la rapidez con la que diga, que se obtendrá el significado. En cine, los conflictos
deben antes verse, no escucharse.
Aunque en efecto provenga del teatro de Broadway, Into
the
woods
es, tiene que ser una obra distinta. Disney ha hecho lo imperdonable al permitir que el dramaturgo James Lapine fuese el guionista de la película. Siempre debe haber un guionista de por medio. En Chicago lo hubo. No se imaginó Marshall
–pues hizo lo que pudo–, cuando hace años compró los derechos para Into the woods, que Disney lo
comprometería haciendo a Lapine el guionista. El resultado es un musical de
cine que parece uno de Broadway y es, por lo tanto, bastante menos de lo que
pudo ser.



Comentarios
Publicar un comentario