Solo son flores
Las flores simbolizan el principio pasivo, pues reciben la lluvia y el sol, la brevedad de la vida y la belleza, la inestabilidad femenina y, arregladas mediante ikebana, las tradiciones de los antepasados, la alegría y la tristeza. En el drama vasco Loreak (2014, Jon Garaño y José Mari Goenaga) la presencia de las flores no será menos que todos estos elementos juntos. Intruso y huésped al mismo tiempo.
Ane (Nagore Aranburu) y su esposo Ander (Egoitz Lasa) tienen
dificultades en su matrimonio. Lourdes (Itziar Ituño) y su esposo Beñat (Josean
Bengoetxea) discuten por la mala sangre de Tere (Itziar Aizpuru), suegra de
ella. En ambas familias, y para afectar a las tres mujeres, aparece un ramo de
flores. Primero para Ane, quien rápidamente agradece a Ander por ellas para
luego ambos darse cuenta de que alguien más –llegan sin remitente– las ha
enviado, y continuará haciéndolo por un tiempo despejando la duda de si se
trató de un error la primera vez. En el caso de Lourdes las recibe su marido.
La irrupción de un tercero con algo en apariencia tan inofensivo como un ramo
de flores los incomoda, compromete, cuestiona.
Filmada en euskera, los colores suaves, lavados excepto cuando de las
flores se trata, acompañan el ánimo contenido de las situaciones. Los gestos
son pequeños, mínimos, aparentemente nimios; una suma de hechos diminutos
construyen la grandeza de la trama. Tres mujeres con su inestabilidad, sus
antepasados, la brevedad de sus vidas (el inicio de la película muestra a Ane
recibiendo noticias médicas: la llegada anticipada de la menopausia). Es
fascinante ver la intriga que se alza entre los personajes, las sospechas por
la presencia de los ramos y la persona anónima que las obsequia. “Solo son
flores”, repiten los secundarios como diciendo que no muerden: no pasa nada.
Las tres protagonistas aparecen al inicio en planos cuyo encuadre las confina a
un rincón del espacio, ocupado todo este por el entorno que parece reducirlas.
Lo comedido, la mesura en Loreak hila los acontecimientos estableciendo
una atmósfera ocasional de suspenso sobre el drama calmo, y si bien Hitchcock
habría hecho de las flores un MacGuffin, como escriben en algunas reseñas, en
esta película las flores significan y Garaño y Goenaga lo hacen representando
en ellas las virtudes del alma y sus contradicciones con la delicadeza de su
condición.
Su ejemplo debería extenderse a otras instancias de la vida española
donde el demagogo quiere destruir significados y virtudes. Lo peligroso es que
sea, como las flores, intruso y huésped al mismo tiempo.



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