César debe morir
En César debe morir (Vittorio y Paolo Taviani, 2012) no se duda. En esta adaptación
de La tragedia de Julio César de
Shakespeare, filmada en la cárcel de Rabibbia, en Roma, interpretada por los
prisioneros de alta peligrosidad como parte de un programa teatral de puestas
en escena de clásicos como Infierno,
de Dante, solo hay –a diferencia de la ambigua obra isabelina– una sentencia:
César debe morir.
Para los hermanos Taviani, cineastas
octagenarios aún en pleno ejercicio del oficio, Julio César es, a secas, un
tirano. Cuenta Harold Bloom que el César de Shakespeare es no solo ambiguo,
sino hasta simpático: un hombre con un gran poder y gran capacidad para juzgar
con rapidez el carácter. Consecuente. Generoso. Sin embargo, hubo algunos
indicios, como su simbólica sordera de un oído, de que podría –nunca ha sido el
tiempo verbal tan determinante– llegar a convertirse en un tirano. Bruto mismo
lo admite: si se podría estar gestando una serpiente, “hay que matarlo en el
cascarón”. Bruto es quizás, dice Bloom, el más ambiguo y oscuro de todos los
personajes de la tragedia, pues ama a César como a su padre (Bloom explica que
Shakespeare no desarrolló esta relación en esa dirección) y sin embargo, está
dispuesto a asesinarlo, convenciéndose de que una posibilidad –precisamente
eso: casi una fantasía, la de que César sea un tirano– es un hecho. En ese
sentido se asemeja a Otelo, quien de alguna manera termina por convencerse a sí
mismo frente a una sospecha de que Desdémona le es infiel. Así, en nombre de
Roma, el Bruto de los Taviani grita a la plebe tras ser señalado y atacado por
el asesinato: “(César) Fue ambicioso, y por eso lo maté. ¿Hay alguien aquí tan
vil que no ame este país? Porque es a ellos a quienes ofendo”. Para Bruto,
César debe morir porque atentaría contra Roma, que es lo mismo que decir que lo
haría contra Bruto. El pueblo debe entender: César o Roma. César o Bruto.
La película inicia y culmina con la
representación de la obra frente al público asistente al teatro en la prisión,
a color. En el medio, en un blanco y negro severo y hermoso, la sustancia:
antecedidos por audiciones que representan el toque de comedia que puede
hallarse en la película, vemos los ensayos. Todo dentro de la cárcel. Patio,
pasillos, celdas. Los Taviani cortan de un prisionero a otro, ensayando cada
uno en su celda, para construir las escenas donde están juntos ambos
personajes. Interrumpiéndose, los prisioneros replantean los textos del bardo
adaptándolos a su dialecto de preferencia o añadiendo comentarios que cruzan el
límite de cualquier representación. El prisionero que interpreta a Julio César
(particularmente verosímil, pues solía pertenecer a la Mafia), por ejemplo,
cuestiona y sentencia al intrigante Decio “¿(Hablas) como un amigo? Como un
embustero. Como un lameculos. Como un hombre desvergonzado”. El corte es a un
plano del resto de los prisioneros que ven la escena cruzándose miradas
incómodas. “Eres muy bueno en eso. Lo estás haciendo muy bien con esa cara”,
continúa mientras le pellizca la mejilla. “César no dice eso”, responde el
prisionero que interpreta a Decio, a lo que el otro dice “Debería si te
conociera”. Podrán haber pertenecido a la Mafia, traficado drogas o asesinado
(el intérprete de Casio, el resentido, está preso por homicidio), pero incluso
los guardias se acercan a ellos con camaradería. Hasta que deben recordarse a
sí mismos, como difícilmente hace el espectador, de que existen sus víctimas y
el daño que estos hombres de honor han causado es enorme.
Frente a una plebe que parece alabarlo todo,
Antonio señala la traición de Bruto. Se sucede la batalla final en la cual
Bruto y Casio prefieren suicidarse a ser atrapados por Octavio. ¿Cuál es la
razón por la que debió morir César? ¿Por qué nadie pone en duda la sentencia
que da título a la película? Con algo de cautela, diría que César –y con él el
espíritu de Roma– es el único personaje que coordina ideas y pensamientos, es
decir, es el único que se permite dudar. Para los Taviani, la duda debe morir.



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