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I

Son los años del ascenso del nacionalsocialismo. Tres funcionarios rusos (Sig Ruman, Felix Bressart, Alexander Granach) han sido encargados por el partido para vender unas joyas de la realeza. Entran a un hotel lujoso de París. El primero sale apenas ha entrado, y los dos restantes hacen lo mismo después. Embelesados por el lujo discuten sobre si sería conveniente dejar sus habitaciones minúsculas y austeras en el Hotel Tiberus y trasladarse a ese edificio ostentoso. Podrían ir a Siberia si se entera el camarada comisario Razinin (Bela Lugosi). Ante la preocupación uno de los camaradas plantea lo que diría Lenin sobre esta situación: ¿por qué no quedarse en ese hotel lujoso? ¿acaso el prestigio de los bolcheviques no vale nada? “Insisto en que deberíamos irnos a un hotel barato”, dice uno de los camaradas. “Pero bueno, ¿quién soy yo para contradecir a Lenin?”.



Hablar de Ninotchka (1939, Ernst Lubitsch) es hablar no solo de Lubitsch, sino de los guionistas Walter Reisch, Billy Wilder y Charles Brackett. Reisch había ya desarrollado el guion a partir de la simplísima idea original de tres líneas de Melchior Lengyel: “Chica rusa saturada de ideales bolcheviques va al espantoso, capitalista y monopolista París. Tiene un romance y se lo pasa escandalosamente bien. Después de todo, el capitalismo no es tan malo”. Brackett coescribió El crepúsculo de los dioses con Wilder, y Wilder, es Dios, como dice el cineasta Fernando Trueba.



La condición divina de Wilder no sería sin Lubitsch. En su oficina, sobre su escritorio, Wilder colocó un letrero: “¿Cómo lo haría Lubitsch?”. En una entrevista después de la muerte de su maestro, cuenta: “Tú presentas veinte sugerencias y él elige la que le da el toque Lubitsch. Su mente trabaja de ese modo, mediante insinuaciones (…) Su técnica le resulta evidente hasta al más tonto del pueblo, pero hace que este se crea muy listo”. Así narran tanto Brackett como Wilder (en Billy Wilder de Ed Sikov) que fue la escritura del guion de Ninotchka. Entregaban los guionistas las escenas y Lubitsch eliminaba frases cada tanto, sin que hubiese riñas al respecto. El toque Lubitsch de este guion lo haría ver el director cuando los escritores le presentaron un elemento conductor dentro de la trama que le permitiría contar el arco dramático del personaje principal con la mayor sutileza posible: un sombrero con forma de embudo, de alta moda, en la vitrina de una de las tiendas del hotel de lujo.



II

Y es que una sobreviviente de los Romanoff está en París, la duquesa Swana (Ina Claire). Se entera de que sus joyas van a ser vendidas y decide reclamarlas suyas por derecho. Encargado de pausar las negociaciones de los rusos se encuentra Leon (Melvyn Douglas), un hombre alegre y vivaz que parece parte gigoló y parte novio de la duquesa. En la escena en la suite real, donde razonaron los funcionarios debían hospedarse, uno de ellos le dice al joyero ante el argumento de que esas joyas fueron robadas a su dueña por el Estado soviético, “le doy mi palabra, fueron confiscadas legalmente”. Leon les entrega una orden para detener la venta pues debe decidirse legalmente quién es el dueño de las joyas, y entretiene a los funcionarios espléndidamente, con bandejas de comida, champaña y cigarrillos. Al poco tiempo, el trío se ha adaptado al Occidente capitalista. Lubitsch necesita solo una transición de unos pocos segundos para mostrarlo: en un perchero, tres sombreros de piel rusos se transforman lentamente en sombreros de copa.



Como la misión no está resultando del todo bien, el comisario Razinin envía correspondencia a los funcionarios anulando su potestad de continuar en ella. Ha enviado a alguien para que resuelva y supervise. Nina Ivanovna Yakushova, o Ninotchka (Greta Garbo) es una funcionaria sin sentido del humor, que se comporta como quisiera un líder revolucionario se comportase toda la humanidad: leal al partido, mira la Torre Eiffel solo para ver cómo está construida, come solo las calorías que le corresponden al día, lleva una foto de Lenin en la maleta y no desea se fijen en su condición de mujer, todo con la seriedad más grave. En contraste con los diálogos llenos de humor y ligereza de los personajes que la rodean, las palabras de Ninotchka resultan cada vez más divertidas: la escena en la cual los funcionarios la reciben en la estación de trenes presenta a un muchacho carguero que se le acerca a la protagonista y le pide sus maletas. Ella pregunta por qué, casi con agresividad. “Para cargarlas” responde el joven, y ella pregunta de nuevo por qué. “Es mi trabajo”. Ninotchka le explica que eso no es un trabajo, sino una “injusticia social”. “Depende de la propina” replica él.



En esta comedia romántica (casi screwball) Leon se enamora casi de inmediato de Ninotchka. A ella le tomará un poco más de tiempo, sin embargo quedará igual de enamorada y no solo de él: de París, de sus maneras. El punto de inflexión es la escena con la que se publicitó la cinta: “¡Garbo ríe!” durante su hora de comida en un restaurante de clase trabajadora, adonde Leon la sigue e intenta que ría contándole una serie de chistes. Inicia con el dueño del local preguntándole a Ninotchka qué desea comer, ella responde “remolachas y zanahorias crudas”. El hombre le dice “Madame, esto es un restaurante, no una pradera”, una línea que, como bien lo explica Sikov, puede parecer pesada si no estuviese Lubitsch detrás, dirigiendo al actor para que el tono de la frase sea de humor dulce y despreocupado, el tipo de humor que Ninotchka no posee ni comprende. Lo que finalmente la hace reír pareciéndole desternillante es mucho más simple: Leon se cae de la silla al suelo y un montón de platos van a dar al piso. A partir de aquí son todas sonrisas. Hasta Lenin sonríe. Sin embargo, la duquesa Swana aún quiere sus joyas, y consigue hacerse con ellas, ofreciéndole un trato a Ninotchka: le dará la mitad de lo que valen si se va a Rusia ese mismo día. La principal tendrá que escoger dos veces entre su vida personal y el “bienestar” de su patria.



El famoso sombrero crea el hilo conductor para el toque Lubitsch porque es lo primero que ve Ninotchka al llegar al hotel en París y le parece ridículo, un indicio de que el capitalismo está en decadencia. Luego de haberse reído y pasado más tiempo con Leon, procura quedarse sola en su habitación para sacar con el mayor de los cuidados de un cajón el sombrero con forma de cono. Se lo pone, se mira en el espejo y sale a visitar a Leon con él puesto. “¿No es demasiado tonto?” le pregunta al llegar, entre consciente de lo ridículo que es, y la confianza como para tomárselo con humor. Puro Lubitsch.



III

Lubitsch y su equipo de escritores no dejan por fuera lo que sucede en la Unión Soviética en sus diálogos. Algunos de los más destacados: en la embajada rusa un hombre atiende el teléfono: “¿El camarada Cazabine? Hace seis meses que no está con nosotros. Volvió a Rusia y está siendo investigado. Su viuda puede darle más detalles”. Y quizá el más crudo: “¿cómo están las cosas en Moscú?” pregunta uno de los funcionarios al recibir a Ninotchka en el andén. “Muy bien. Los últimos juicios en masa fueron un éxito. Habrá menos rusos, pero mejores”. En una de las escenas cercanas al final, Ninotchka recibe una carta. Al abrirla se da cuenta de que ha sido completamente censurada. Uno de sus camaradas funcionarios le dice “No pueden censurar nuestros recuerdos (de París), ¿verdad?”. [El régimen de los jemeres rojos y Pol Pot prohibieron recordar. Cómo saber si Lubitsch, Wilder o Brackett lo habrían visto venir].



Dice el crítico Frank S. Nugent en su reseña del 10 de noviembre de 1939: “A Stalin no le va a gustar. Molotov tal vez recuerde a su enviado de la Metro Goldwyn-Mayer. Aun decimos que Ninotchka es una de las comedias más animadas del año, un espectáculo alegre, impertinente y malicioso que encuentra a la austera primera dama del drama interpretando un personaje cómico con la seguridad de un Buster Keaton”. Garbo, Lubitsch, Brackett, Reisch, Wilder y el comunismo: la combinación es hilarante e irresistible.










 

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