#CineCentenarioRevoluciónRusa La guerra por el pan
“Cuando una persona está
hambrienta, todos sus pensamientos están centrados en encontrar algo, lo que
sea, para comer. Aquellos que no han vivido una hambruna no pueden entender
esto”. La anterior es la declaración de un sobreviviente de la hambruna en Ucrania
que fue posteriormente apresado en el campo de concentración de Dachau. “La
mayoría sobrevivió a Dachau. Fue mucho peor en Ucrania en 1933. Eso fue
planeado por un gobierno criminal”, añade.
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En el documental Harvest of
despair (1983, Slavko Nowytski y Yurij Luhovy), o “cosecha de la
desesperación”, se cuenta con imágenes de archivo y testimonios la hambruna
ucraniana estalinista. Con la baja “El genocidio ucraniano de 1933” esta cinta
breve llevada a cabo por el Comité de investigación de la hambruna ucraniana,
una organización canadiense, reúne testimonios desgarradores ordenados de
manera cronológica, desde las ansias de independencia de Ucrania que datan de
la Revolución de Octubre, hasta poco después de 1941, cuando con la invasión
nazi acaba el Gran Terror.
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Una película de ficción, Hambruna-33
(1991, Oles Yanchuk), cuenta lo mismo desde la perspectiva de los Katrannyk,
una familia ucraniana de seis integrantes. “Quería que la gente viese cómo se vivía en una
colonia, cuyos habitantes fueron explotados sin piedad en nombre de una
ideología utópica”, dijo el director a The
New York Times. Ambas cintas tienen al inicio un hecho que marcó la llegada
del horror. Se trata del quiebre de la campana de la iglesia del pueblo. En el
documental, Alexander Bykovetz, vestido con hábito, declara que nunca supo más
de su padre desde que entraron ese día al pueblo a arrestar a todos los curas y
enviarlos a Siberia o al paredón. “Empezaron por bajar los íconos rompiéndolos
contra el suelo. Arruinaron todo, destrozaron todo en la iglesia y la gente
lloraba afuera porque no podían hacer nada. Cuando un hombre entró a retirar la
campana y esta cayó al suelo y se quebró, todos estallaron en llanto. Despedían
la campana porque fue la última vez que sonó”, es el testimonio de una
sobreviviente. En la ficción, la primera escena está dedicada al asalto de la
iglesia, se muestra a los feligreses tratando de salvar a los íconos, y siendo
detenidos y sometidos por los comunistas. Y la campana cayendo al suelo desde
lo alto del templo.
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Una vez que Stalin ordenó la persecución a los intelectuales y la
iglesia, instauró la colectivización. Ucrania tenía líderes cuyo lema era
“lejos de Moscú” y procuraban
el acercamiento a un modo occidental de vida. Los niños ucranianos
a principios de los años veinte no sabían hablar ruso, pues este se consideraba
un idioma extranjero. La Unión Soviética de Stalin no podía permitirse, dado su
exacerbado nacionalismo, que semejantes hechos tuviesen lugar bajo su mando.
Dice Martin Amis que Stalin tenía dos razones para odiar a los campesinos
ucranianos: eran campesinos y eran ucranianos. La colectivización se instalaría
con mucha más saña en estas tierras.
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Un activista soviético cuenta en el documental: “Fui un agitador.
Le dije a los campesinos: ¡entreguen el grano! Hay una crisis mundial. Los
obreros no tienen qué comer. ¡Estamos rodeados por enemigos!”. Pero se topó con
resistencia. Algunos campesinos armados intentaron defenderse desde su casa.
Una granada arrojada por los funcionarios no dejó más que silencio. En casa de
la familia Katrannyk, mientras sus miembros sorben sopa aguada de un mismo
recipiente, el padre se pregunta si es posible sobrevivir entre demonios, en un
plano muy similar a aquel en La
diligencia de Ford, en el cual están todos los personajes alrededor de una
mesa en profundidad de campo. Basta que la abuela diga a su hija que no se
pondrá peor, para que lleguen a su puerta cuatro funcionarios para confiscarles
el alimento.
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“La guerra por el pan es la guerra por el socialismo”, cita el
narrador de Harvest of despair a
Stalin. De día no había nadie en las calles, solo con la noche salían algunas
personas, como sombras, a hacer colas frente a las panaderías. Entre mil y
siete mil esperaban en las filas por el pan. Los que podían comprarlo, se
llevaban dos hogazas para todo el mes. La gente moría en las aceras, y los
cadáveres permanecían en las calles por días, hasta que pasaban carretas que se
los llevaban. “Salí del consulado para tomarles fotos a los cadáveres”, cuenta
la esposa del cónsul alemán en Kiev para entonces, “porque escuché la noticia
oficial de que en Alemania había una hambruna mientras que en Rusia todo estaba
bien”. Un campesino cuenta en su testimonio que le dieron órdenes de alimentar
a los caballos de noche, para que la gente que vivía en los alrededores no se
diese cuenta y no intentase comerlos. “Le dije que cómo podía ser si la gente
es más importante que los caballos; me dijo: necesitamos a los caballos para
arrastrar las carretas de cadáveres”.
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Hambruna-33 muestra a decenas de personas demacradas e hinchadas por el
hambre viajando en tren, cuando un niño grita “¡grano, grano!”. El tren se
detiene y afuera hay montones de sacos enormes de semillas apilados unos sobre
otros, custodiados por oficiales armados. El viento helado arrastra la lluvia
cuando el niño que gritó baja del vagón y es amenazado por uno de los
oficiales. Un cadáver yace en el suelo mojado y un hombre dice “tres días aquí
y nadie se lo lleva” mientras pasa a su lado. En el documental declaran que la
mayor parte del grano estaba en molinos del Estado, y nadie podía acercarse a
ellos. Se pudriría.
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Los niños no debían salir solos a la calle durante la Ucrania de
1933. Quizá uno de los testimonios más horripilantes en la cinta de Nowytski y
Luhovy: “mamá salió un día a recorrer los pueblos pidiendo comida. Pasó días
andando de casa en casa, mojados los pies, pasando frío. En una requisa,
funcionarios le decomisaron lo que había conseguido. Regresó y nos dijo que no
traía nada consigo porque los oficiales se lo quitaron. Días después llegó a
casa con una salchicha y la cocinó para mi hermana y para mí. Al comerla vi la
uña de un niño. Le dije, mamá, hay una uña de un niño. Mi madre me dijo que me
quedara callada, llevándose el dedo índice a la boca. Tenía diez años pero lo
recuerdo hasta el día de hoy”. Tras haber perdido a sus padres, un niño corre
presa del pánico a través de un bosque nevado donde las cruces que marcan los
cadáveres superan en cantidad a los árboles, en Hambruna-33.
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Uno de los entrevistados en Harvest
of despair es el periodista Malcom Muggeridge, corresponsal para Gran
Bretaña quien denunció la hambruna en el momento. Sin embargo, por cada nota publicada
con una denuncia, aparecían dos negándola: entre ellas, la del
escritor George Bernard Shaw (“llenos de comida”) y la del corresponsal para The
New York Times, Walter Duranty. Y el narrador sentencia con gravedad: “los
gobiernos occidentales hicieron sus paces con el genocidio”.



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