A la sombra de la Nueva Ola
El
director Philippe Garrel, amigo cercano de la Nueva Ola Francesa y aquellos que
la hicieron posible, dirige A la sombra
de las mujeres (2015), un drama cuyo título deja ver la ironía de sus
creadores. Escrita entre otros por Jean-Claude Carriére, esta película parece
extraída de la vanguardia en su apogeo.
Su
trama es sencilla: un matrimonio joven parisino se convierte en un triángulo
amoroso cuando el esposo, Pierre (Stanislas Merhar), inicia un romance con la
joven Elisabeth (Lena Paugam). Más adelante seremos testigos de que los engaños
no terminan con Pierre, y que la ansiedad de Elisabeth puede más que la
satisfacción que obtiene de sus encuentros sexuales con él. Manon (Cloutilde
Courau) defiende a su esposo Pierre ante los comentarios negativos de su madre,
quien la acusa de no dedicarse a proyectos propios para trabajar en los de él.
Uno de ellos, un documental sobre la resistencia francesa durante la ocupación
nazi, tiene como principal fuente de testimonios a un hombre cuya esposa pareciese
estar también a la sombra de su marido. Pareciese porque, aunque Manon se
involucre en los proyectos de Pierre más que en los propios, resulta evidente
que tiene criterio, desenvolvimiento y buenas ideas a la hora de trabajar. En
este sentido Pierre resulta un personaje literalmente gris –la película está
filmada en el blanco y negro atemporal de la Nueva Ola– mientras los personajes
femeninos son ricos y complejos. Como sucedía en la vanguardia, esta película
también tiene su centro en la cama y lo autorreferencial (los planos a través
de espejos en cafés remiten al primer cine de Godard y Malle), además de dejar
por fuera cualquier contexto político de manera deliberada.
Hacia
el final descubrimos algo importante sobre el protagonista del documental de
Pierre, aquel que pertenecía a la Resistencia. Es todo lo que Garrel necesita
para destacar que todos los personajes de A
la sombra de las mujeres se engañan sí mismos. Sin lo político que trae
toda vanguardia consigo, esta película se queda con cierta cualidad estética
del cine francés de los cincuenta y sesenta, donde el realismo y la libertad de
actuación eran una máxima a seguir: Garrel ha dicho en una entrevista que
ensaya por meses antes de filmar, como en el teatro, y cuando llega el rodaje
solo hace una toma de cada plano.
La
libertad es asunto importante para los franceses, y Garrel asume aquí entonces
la suya, pues al ser de los directores que menos dinero necesita para la
realización de una película, ejerce el control total de su obra, algo por demás
muy de auteur, ese acompañamiento
perfecto a la vanguardia. No parece una casualidad que el director haya llevado
a cabo este tipo de cine por tantos años: ahora, ante la guerra declarada en
Francia por el Estado Islámico, algunas de las reacciones políticas que
hicieron posible la Nueva Ola podrían adquirir vigencia. Sus ganas de libertad individual,
por ejemplo, podrían combatir la mojigatería y estupidez del propio Occidente
que se apena de sí mismo cuando se enfrenta a los bárbaros.



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