Lo que hicieron nuestros padres
En principio pareciese tratarse de la historia de dos figuras
nazis vistas desde dentro de casa, desde su trato familiar. Sin embargo el
entrevistador tiene un objetivo puntual: enfrentar a ambos hombres con la
historia de su familia, judía, asesinada en 1941 bajo las órdenes de los padres
de aquellos a quienes entrevista. En el documental What our fathers did (o Lo que hicieron nuestros padres, David
Evans, 2015) Philipe Sands, abogado internacional de los derechos humanos, da
con Niklas Frank y Horst von Wächter, hijos de Hans Frank y Otto von Wächter
respectivamente, ambos figuras de alto rango nazi. En él Sands habla con ellos
sobre cómo lidian con la vida que llevaron sus padres.
Niklas desprecia a su padre, mejor conocido como el Carnicero de
Polonia. Ante la pregunta de Sands sobre por qué su padre le hizo caso a Hitler
cuando este le prohibió divorciarse hasta que la guerra terminase, Niklas
responde “Mi padre amaba a Hitler más que a su familia”. Condena cada vez que puede
sus acciones y las del régimen.
Horst von Wärchter no desprecia a su padre. Este nunca fue juzgado
en Núremberg. Otto von Wärchter fue el director del sistema de transporte para
judíos hacia los campos de concentración. También estaba a cargo de la policía
del régimen para el sector que hoy corresponde a la ciudad de Lviv, en Ucrania,
donde en 1941 fueron quemadas sinagogas y asesinados alrededor de 3500 judíos
(incluyendo a la familia de Sands). El gueto de Cracovia se creó bajo sus
decretos. La operación de exterminio de los prisioneros del gueto de Varsovia
conocida como Grossaktion fue avalada
y ejecutada por este oficial y también por el padre de Niklas, entre muchos
otros. Von Wärchter escapó luego de que el gobierno soviético en Polonia
solicitase a los norteamericanos que se le juzgase por asesinato en masa, y fue
recibido por el Vaticano hasta su muerte en 1949.
En What our fathers did Sands y Niklas enfrentan a Horst con
documentación sobre la responsabilidad de su padre con los crímenes del
Holocausto, sin embargo Horst insistirá en que su padre era un hombre decente.
“Mi padre quería hacer algo bueno. Era un completo optimista (…) Hizo todo lo
que pudo para salvar a la población”, dice Horst. Ni siquiera ante la evidencia
más imbatible el hijo de esta figura nazi logra responder otra cosa que no sea
que su padre intentó hacer algo positivo. “No tuvo opción”, cuenta. En una
escena cuando menos frustrante que sucede en lo que quedó de la sinagoga tras
el incendio de 1941, Sands increpa al engañado Horst sobre la responsabilidad
individual y solo consigue como respuesta “la responsabilidad individual es un
asunto difícil”.
[La generación de mis padres entregó el país con abnegación a otro
hombre autoritario. Unos admiten haberse equivocado con mucha tranquilidad,
como dejando ver que ya no les queda mucho por vivir y que este desastre será
ahora problema de otros. Los hay que creen en la normalidad de los
acontecimientos: los que creen que así son las cosas, y prefieren entonces no
pensar, y también los que pretenden que no estamos bajo excepción y tratan de
mantenerse viviendo como si así fuese, de manera inquebrantable, en una ceguera
voluntaria y necia. Si tuviesen el tiempo, tal vez, apoyarían de nuevo esta
charada criminal.]
What our fathers did transcurre con mucha tensión, sobre todo en las escenas en las
que se arrincona a Horst. Recoge con interés las fotografías, lugares y objetos
de la infancia de estos dos hijos de oficiales nazis, y lo más importante: deja
en evidencia un caso de infantilización grave, común, en el cual un hombre se
resiste a la realidad una y otra vez hasta la desesperación de los que lo
rodean. En algún momento Niklas, tras las insistencias estériles de ambos para
que Horst admita la verdad sobre su padre, llega a la conclusión de que Horst
es un nazi, mientras que este, en una secuencia final en la que se podría decir
que asemeja un delirio, se dice a sí mismo que podría llegar a ser un buen
judío.
Tal vez Horst crea que solo un juicio en Núremberg constituye prueba
suficiente de que su padre colaboró con el genocidio nazi. Tal vez lo canalla
en aquellos que suavizan los horrores de los totalitarismos sea lo que ha
impedido otros Núremberg muy necesarios. Escudarse infantilmente en que el
horror que produjo aquel que queríamos no fue condenado públicamente solo deja
una grieta para que todo se repita.



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