La soledad del tirano


“El que piense en huir será convertido en 190 pedazos (…) El que coma un grano más de maíz o beba una gota de agua de más será encarcelado durante 155 años (…) Yo soy la cólera de Dios. La tierra que piso me ve y tiembla”. Con estas palabras del personaje principal el director Werner Herzog establece la fascinación por ver el estado de insania que alcanzan los hombres en Aguirre, la cólera de Dios (1972).

Basada libremente en la expedición de Gonzalo Pizarro en Suramérica, el drama cuenta el viaje hacia El Dorado que lleva a cabo un grupo de españoles en el siglo XVI, entre ellos Pedro de Ursúa y don Lope de Aguirre. Pizarro decide en un momento que no es prudente seguir avanzando río abajo: las enfermedades, el calor, los ataques de los indios acabarán con los hombres. Aguirre tomará el control asesinando y sometiendo para obligarles a continuar hasta lo más profundo de la selva –su otro enemigo– ya obnubilado por el poder.

Herzog es, como Kubrick, un cineasta obsesivo. La manera de presentar y desarrollar el personaje principal de Aguirre, la cólera de Dios, lo demuestra, pues se trata de una mirada a la profundidad de la locura del poder y la tiranía. De manera idónea, está ambientada en el Amazonas, a lo largo de un recorrido que parece interminable por un río rodeado de selva espesa. Como en El corazón de las tinieblas de Conrad, el avance de los personajes en la jungla a través del río resulta un viaje a las oscuridades del alma humana, y así, más adelante, lo representaría Francis Ford Coppola en su Apocalipsis ahora.

La música, creada mediante un instrumento llamado “coro-órgano” le da a la película un ambiente casi litúrgico, que funciona potenciando las imágenes de la selva peruana insondable y por contraste, empeñeciendo a los personajes que la atraviesan. La actuación de Klaus Kinski como Aguirre es fundamental. Un aspecto específico llama la atención, señalado por el crítico Roger Ebert, para quien esta es una de las más grandes películas de la historia: Kinski hace caminar al tirano Aguirre de manera particular, “como si sus rodillas no se doblaran”. La rodilla, ese símbolo del poder, no puede doblarse en el espíritu poseído de Aguirre. La tiranía se expone en su locura más salvaje como terror. Es palpable la tranquilidad tensa con la que se dan los hechos, por horrorosos que sean. Sabemos casi desde el inicio, como dice el crítico, que la muerte es el destino de esta expedición.


Rodeados de selva espesa en la balsa los pocos que quedan con vida junto al tirano, hambrientos, alucinando por la fiebre, son alcanzados por flechas. Aguirre es incapaz de ver lo que está sucediendo, solo tiene ojos para sus propios engaños. Afirma que se casará con su hija, a quien acaba de sujetar muerta en sus brazos, para crear un nuevo linaje de poder, mientras la balsa es ocupada por decenas de monos que rodean los cadáveres. Un plano en movimiento deja ver al tirano en su delirio sobre la destrucción que ha causado, aislado en el medio de la selva. Esta escena final constituye una de las más inolvidables de la historia del cine. El  elocuente retrato crudo de la soledad transtornada del tirano.

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