#CineCentenarioRevoluciónRusa Lenin en octubre



En el portal imdb.com en la sección de comentarios a la película de propaganda Lenin en octubre (Mijaíl Romm, 1937) un usuario dice, con razón de sobra, que la cinta le ha recordado al cine de los hermanos Marx.

Hay en la naturaleza del bolchevismo algo que permite que los cien millones de muertos del comunismo no tengan la dignidad fúnebre del Holocausto, dice Martin Amis. Y hay también algo en el hecho de que se puedan hacer chistes –un europeo: ¿cómo se vive en la URSS? Un soviético: Pues… no nos podemos quejar. Europeo: Ah, entonces ¿se vive bien? Soviético: No, no… es que no nos podemos quejar–. La risa es posible porque hay algo en la naturaleza del bolchevismo que la admite. Seguiremos bromeando, dice Amis, “porque en el bolchevismo hay algo dolorosa e ineludiblemente cómico”.

Lenin en octubre es un drama biográfico que cuenta la llegada de Lenin a Petrogrado para conspirar contra el gobierno provisional de Alexander Kerenski y llevar adelante la revolución bolchevique. La cinta está inscrita dentro del bodrio conocido como realismo socialista: con la llegada de Stalin se dejó atrás el aliento a la experimentación en las artes y se dio paso a esta doctrina estética y sociopolítica que condiciona el término “realismo” al de “socialista” para hacer de las obras al mismo tiempo enaltecedoras de la ideología y accesibles a las masas. “El Estado soviético, por decreto administrativo, prohíbe la trascendencia del arte; elimina así hasta el reflejo ideológico en una sociedad que no es libre” escribe a propósito de la doctrina H. Marshall Marcuse. El resultado es el mismo de siempre cuando de comunismo se trata. Mierda.

Y se bromea de nuevo. En Praga corría un chiste: ¿No es acaso el realismo socialista un eufemismo para celebrar al Partido y al Gobierno en un lenguaje que hasta ellos puedan entender?

El director Mijaíl Romm dirigió una suerte de segunda parte de este panfleto conmemorativo de la desgracia de 1917, llamada Lenin en 1918, escrita al igual que la primera por el guionista Aleksei Kapler, quien fuese novio nada más y nada menos que de la hija de Stalin, Svetlana. Romm, un escultor hecho cineasta, participó en la guerra civil como inspector de las Fuerzas Especiales para el Suministro de Alimentos del Ejército Rojo: confiscaba la comida de las familias campesinas. Una belleza. Él mismo recortaría de la tira de celuloide de su díptico sobre Lenin las escenas en las que aparece Stalin después de su muerte para su relanzamiento en las salas soviéticas, luego de haberle seguido, loado, adulado obnubilado por años.

El Lenin de esta película resulta en efecto muy gracioso. Sus modales son casi aristocráticos, pues cuando llega al Palacio de Invierno a tomarlo, saluda a todos y explica con tranquilidad que se trata de la toma del poder para deponer a Kerenski. Una escena anterior lo muestra durmiendo en el suelo de la casa de quien le ofrece refugio tras la llegada del exilio. En varias escenas, y como los ciudadanos locales nunca han visto a Lenin, el protagonista se enfrenta a una misma pregunta de parte de todos: ¿cómo es Lenin? ¿Le ha visto? Ante el silencio del propio Lenin, los interlocutores suelen decir que creen debe ser un hombre alto, fornido, de mucha presencia. Lenin, menudo, pequeño, opta por no comentar al respecto.

Roger Ebert cuenta que la primera película que su padre le llevó a ver fue una de los hermanos Marx. Recuerda el crítico el tono que adoptaba la voz de su padre cuando describía a los hermanos: era el que usa la gente para hablar de cómo alguien se salió con la suya.


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