#CineCentenarioRevoluciónRusa Quemado por el sol
“El cristianismo ortodoxo es la
fuerza principal que se opone a los McDonald’s culturales e intelectuales”.
Esta es la declaración del cineasta Nikita Mikhálkov durante un discurso para
la organización serbia Nomocanon, una asociación juvenil que defiende el
cristianismo ortodoxo y niega los crímenes serbios en la guerra con Yugoslavia
en los años noventa.
Mikhálkov (pronunciado Mikhalkóv
hasta que cayó la Unión Soviética, pues tuvo que ocultar su ascendencia
aristocrática) se hace actor antes que director de cine. Su padre, un militante
comunista que escribía cuentos y fábulas infantiles con mucho éxito, es también
el autor de la letra del himno soviético –“Entre las tempestades el sol de la
libertad nos alentó/ y el gran Lenin alumbró la senda”– y ruso –“sé gloriosa,
Patria libre nuestra/ antigua unión de pueblos hermanos”–, y un hombre
longevísimo, testigo y hacedor del camposanto racional del siglo veinte. Su
hermano Andréi Konchalovsky es también cineasta, coescritor de Andréi Rublev junto a Andréi Tarkovsky.
Nikita no se quedó atrás: hoy es de los cercanos amigos del presidente Vladimir
Putin, además de dirigir el Festival Internacional de Cine de Moscú desde hace
unos cuantos años, y de tener varios cargos en la administración pública, tales
como la presidencia de la Unión de Cineastas de Rusia. Con amigos como este,
Mikhálkov no ha tenido que ser Mikhalkóv de nuevo.
Al parecer el director está
involucrado en muchos otros asuntos, sobre todo con la iglesia ortodoxa y con
un imaginario imperial y nacionalista. La tentativa ley del Internet
Patriótico, aquella que dicta que el contenido accesible en línea para los
rusos debe ser exclusivamente ruso, tiene el apoyo de Mikhálkov. Ha organizado
y promovido eventos culturales sobre el zar Nicolás II y otros personajes
imperiales de la historia rusa. Su estudio de cine TriTre (“las tres tes”, en
ruso trud, tovarishchestvo, tvorchestvo:
trabajo, camaradería, creatividad) cuenta con un archivo histórico para la
promoción y rescate de la referida como “herencia rusa”. TriTre produce sus
películas, entre ellas la ganadora del Óscar, Quemado por el sol (1994).
El coronel Sergei Kotov (Nikita
Mikhálkov) vive en una dacha en el campo con su joven mujer, Marusia (Ingeborga
Dapkunayte) y su hija de seis años, Nadia (Nadia Mikhalkova, hija del
director). Héroe de la Revolución, el coronel Kotov disfruta del verano de 1936
con su familia y amigos. Hasta que la llegada proveniente de Francia de un
hombre joven altera la normalidad de las vacaciones: se trata de Dimitri (Oleg
Menshikov), pianista, quien es parte de la familia puesto que se crió con
Marusia y, según se va revelando, fue también su primer gran amor. Disfrazado
de anciano ciego se cuela en casa de la mano de Nadia, quien es rápida,
enternecedora y divertidísima (le pregunta a un agente de la KGB: “¿Ha estado
en el zoológico?” Tras obtener un sí por respuesta, la niña pregunta de nuevo:
“¿Y se fue porque no le alimentaban bien?”).
El único que parece saber lo que
ha cambiado con la llegada de Dimitri es Kotov. Todos se reúnen a orillas de un
río y se echan a tomar el sol, pero él está atento a Dimitri porque sabe que la
visita no es fortuita ni azarosa. Se celebra el Día de la Construcción de
Dirigibles en Homenaje al Camarada Stalin [¡!], y fotos de Kotov con el
Padrecito cubren la pared de la sala de la casa, las cuales Dimitri mira
mientras conversa con la pequeña Nadia y le cuenta historias de Francia. Cuando
la comida está lista, todos están bailando al ritmo del cancán que toca Dimitri
en el piano de la sala. Kotov se sienta solo a la mesa y come. La criada le
pide que espere, que no coma solo. Kotov responde con sorna que, como no habla
francés, no puede decirles que ya es la hora de comer. El final es lo que es,
lo que se espera que suceda en una situación como esa. Durante el transcurso de
las comidas, baños de vapor, asoleadas y juegos de fútbol, hay por allí un haz
de luz, un resplandor que recorre los espacios y que en algún momento causa que
un árbol se encienda en fuego. No es difícil vincularlo como símbolo del
régimen de Stalin. Filmado con algunos tonos amarillos, con desplazamientos
serenos de la cámara sobre los paisajes veraniegos del campo soviético, los
terrenos con trigo, los bosques atravesados por la luz prolongada del día, la
mano de Dimitri peinándose, el paisaje rural pintado en la vajilla lujosa, las
cortinas blancas de bordado intrincado que se mecen con la brisa, Nadia ayudando
a su padre a vestirse de uniforme, el drama ruso Quemado por el sol no abandona nunca a Stalin como presencia
amenazante para los personajes. La Purga ha comenzado.
Nikita Mikhálkov firmó con
complacencia el apoyo a la anexión de Crimea, sentenciando que quien no
considere esta una buena idea es “el enemigo”. Esto le valió que se le
prohibiese la entrada a Ucrania. Para celebrar el cumpleaños número cincuenta y
cinco del presidente Putin hizo un especial para la televisión y firmó una
carta en la cual pedía al mandatario no abandonase su cargo una vez expirase el
tiempo correspondiente. Durante un debate televisado a propósito de la
candidatura de Mikhail Prókhorov a las elecciones presidenciales de 2012, el
cineasta le dijo a la hermana del multimillonario –judío, dueño de los Brooklyn
Nets (NBA), con fama de playboy– que
este no entendería asuntos de familia o niños porque no es religioso, casado o
padre. Tras la declaración anterior en presencia del Nomocanon, Mikhálkov
recibió la pregunta de un periodista: “¿Cuál es mejor, McDonald’s o el
estalinismo?”. La respuesta de Mikhálkov-Mikhalkóv fue como el final de Quemado por el sol: completamente
predecible. “Depende de la persona”.



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