#CineCentenarioRevoluciónRusa Tractoristas



I

La escena inicial del musical Tractoristas (1939, Ivan Pyryev) presenta al protagonista masculino, Klim (Nikolay Kryuchkov, un ícono del cine estalinista) en el tren de regreso a casa, junto a dos camaradas conductores de tanques en Manchuria. Acompañados de un acordeón cantan las hazañas del Ejército Rojo y la cobardía de los nipones al ver el ímpetu soviético en batalla. Ambos compañeros invitan a Klim a unírseles en sus respectivos destinos: Georgia y Moscú. Ninguno de los dos, decide. Irá a Ucrania pues, Pravda en mano, quiere conocer a la chica cuya fotografía ha publicado este diario, una rubia jovial conocida como la mejor tractorista de la zona.



Debe tratarse del verano de 1938, cuando los soviéticos lograron recuperar la zona oriental de Manchuria al vencer al ejército imperial japonés. La Unión Soviética tiene enemigos por todas partes, pero solo algunos de ellos son tan antiguos como Japón. Debía entonces estar presente en la cinta alguna referencia a esa victoria. Stalin siempre cuidó que cualquier proclama dejase muy claro quién sigue en la vasta lista de enemigos del socialismo.



Todo ocurre en una granja colectiva ucraniana. Klim llega a estas tierras fértiles y conoce a Maryana (Marina Ladynina, esposa del director Pyryev), la famosa tractorista. Se conocen como en un musical hollywoodense: ella se ha caído de la motocicleta y lastimado un pie, él, tras insistir en ayudarla, la lleva a curarse a casa. La historia de amor ocurre entre situaciones propias de las comedias de enredos: Nazar (Boris Andreyev), un camarada de Maryana, ha accedido a hacerse pasar por su novio a petición de ella misma, pues está cansada de que los hombres del pueblo la pretendan. Klim escucha la mentira a su llegada al pueblo y la da por cierta, haciendo que compita con Nazar y que se frustre su voluntad por declararle su amor a Maryana. Todo baile, canto y enamoramiento en esta historia no pueden sino recordar al cementerio en el que se había convertido Ucrania a mediados de los años treinta.



II

La hambruna y el canibalismo tuvieron lugar en el mismo sitio donde se desarrolla esta historia de amor [a Stalin]. El historiador Timothy Snyder propone una cifra que considera aproximada para las muertes por la hambruna ucraniana entre 1932 y 1933: tres punto tres millones. Martin Amis calcula cinco millones, incluyendo años anteriores y posteriores al rango delimitado por Snyder, además de aquellos muertos por las deportaciones a Siberia. El terror famélico de 1933 debe personificarse, dice Amis, y debe llamársele Stalin. Todo empezó cuando el padrecito decidió aplicar el Primer Plan Quinquenal, entre 1928 y 1932. La cosecha debía ser cada vez mayor, por lo cual el partido requisó primero por cosecha, luego por grano, y luego por animales. Hasta que no quedó nada. “Solo el hambre se movía. Solo el hambre no dormía” dice Vassilli Grossman. La palabra rusa голод (golod), que puede significar tanto hambre como hambruna, viene de anhelar, codiciar. Lo más cercano a la frase “tener hambre” es быть голодным (byt golodnym), donde “быть” (byt) es el verbo ser –el verbo tener está en desuso–. Ser hambre. Ser anhelo.



La primera parte de Tractoristas se le dedica a la pareja, como sucede en el musical clásico norteamericano. Será desplazada, por supuesto, primero por el personaje colectivo –el cine soviético, musical o no, no puede permitirse que dos individuos sean protagonistas de una historia–, y luego por la bahorrina propagandística, ya no contra los japoneses, sino los polacos y los alemanes. Tres veces se canta la misma canción para la exaltación del patriotismo soviético:



“Tronando con fuego,

reluciente su acero,

las máquinas se moverán en su marcha furiosa.

¡Cuando el camarada Stalin nos envíe a la batalla,

y el primer mariscal nos lidere hacia ella!”



Fuera de la ficción, una canción infantil se escuchaba en los campos ucranianos durante el Terror famélico:



“Padre Stalin, míralo,

las granjas colectivas son una bendición,

las casas en ruinas, los graneros hundidos,

los caballos agotados.

Y en casa la hoz y el martillo,

y en casa la muerte y el hambre.

No quedan vacas, ya no hay cerdos,

Solo tu foto en la pared.

Papá y mamá en el koljoz

y el pobre niño llorando abandonado.

Ya no hay pan, ya no hay carne,

el partido acabó con todo.

Ya no hay dulzura ni bondad,

el padre se come a sus hijos.

El hombre del partido golpea y aplasta

y nos manda a los campos de Siberia”.



III

El tractor tiene un lugar importante en el imaginario soviético. Famosos por ser esa suerte de caballería proletaria de acero, se les relaciona tanto en la cinta de Pyryev como en afiches de propaganda con los tanques del Ejército Rojo, y la disposición más que sobreentendida de que los campesinos brincarían del tractor a la tanqueta en cuanto la revolución lo requiriese. Un cartel con el título “¡Destruiremos a los kulaks como clase!”, cuenta Snyder, retrataba a un kulak bajo las ruedas de un tractor. En la película La tierra (1930, Aleksandr Dovzhenko) toda la comuna del pueblo espera con emoción la llegada de un tractor nuevo que les permitirá acabar con el sistema de terratenientes, cuando la máquina se descompone cerca de la turba exaltada por la expectativa. Se ha secado el radiador. Todos ven el sueño de la colectivización escurrírseles entre los dedos, hasta que uno de ellos resuelve el dilema: todos los hombres orinan hasta llenar el radiador y ponen de nuevo el tractor en marcha. Del homo soviéticus al homo tractorus, como los llama el periodista búlgaro Dimiter Kenarov [a bordo de tractores fabricados por la Ford y que hasta hace unos años aún vendía a Venezuela el régimen de Lukashenko, según datos del mismo Kenarov].  



En Ucrania los campesinos eran forzados a trabajar con los equipos inexistentes de las Estaciones de Máquinas y Tractores. Al no poder hacerlo se les acusaba de vagancia o actividades contrarrevolucionarias, y eran enviados al gulag o abandonados sin nada que comer ni sembrar a esperar la muerte. En Tractoristas, Klim debe revitalizar y reentrenar al grupo indisciplinado de campesinos que Nazar encabeza, y organiza entonces una competencia de estos contra las chicas en los tractores, con la idea de que esto hará que se esfuercen más en su entrenamiento. Cantan y bailan.



Grossman ha escrito sobre la mudez de los campos ucranianos durante la hambruna de 1933. Habla de la inmovilidad y el silencio de las aldeas. Snyder cuenta que durante este terror el partido enviaba músicos a los pueblos para elevar el espíritu de los campesinos. Cuando llegaron se dieron cuenta de que se encontraban en pueblos fantasmas. Una que otra vez veían gente: mujeres muertas tendidas sobre una cama y piernas de hombres sobresaliendo de una estufa. Y sin embargo, Klim y Maryana cantan. Al amor que tienen por los tractores, al que se tienen el uno por el otro, a la granja colectiva. A Stalin. A la patria.



IV

Varias veces, no menos de cinco, los personajes de Tractoristas aparecen comiendo. Una de ellas, la más desvergonzada, es una escena en la cual se está poniendo la mesa: flores, panes, frutas, confituras, todo en un primer plano impúdico y criminal. En otra, Nazar está por servirse tres platos de sopa de repollo con manteca y ajo tras un día de mucho trabajo. “Nuestra tierra es tan fértil”, dice uno de los personajes.



Cuenta Snyder: “niños y niñas permanecían tendidos en sábanas y mantas, comiéndose sus propios excrementos (…) En un pueblo de la región de Járkov, unas mujeres hacían lo que podían para cuidar a los niños. Formaron, recuerda una de ellas, ‘una especie de orfanato’. Sus pupilos se encontraban en condiciones penosas: ‘Los niños tenían los estómagos abultados; estaban cubiertos de heridas y de costras, sus cuerpos parecían a punto de reventar. Los sacábamos afuera, los poníamos encima de las sábanas y gemían. Un día, los niños se callaron de repente; fuimos a mirar lo que ocurría y vimos que se estaban comiendo a Petrus, el más pequeño. Le arrancaban tiras de carne y se las comían. Y Petrus hacía lo mismo, se arrancaba tiras y se comía todo lo que podía. Los otros niños ponían los labios en las heridas y se bebían la sangre. Apartamos al niño de las bocas hambrientas y nos echamos a llorar’”.



Tractoristas es solo uno de una lista larga de musicales estalinistas y de propaganda soviética. La aprobación de la hechura de guiones y rodajes estaba personificada en Stalin. Igual que todo lo demás. Pero el hambre era su rostro. Sobre todo el hambre. El musical clásico de Hollywood ofrece evadir la cruda realidad de las calles estadounidenses durante la Depresión –el periodista galés Gareth Jones vio las filas de cientos de norteamericanos a quienes les servían dos emparedados, una rosquilla, una taza de café y un cigarrillo. El mismo año viajó a Járkov: un día normal cerca de cuarenta mil personas esperaban el pan, cuando había. Muchos morían de hambre en las aceras, donde el partido fijaba carteles que prohibían cavar tumbas–. El musical estalinista niega la realidad de excremento y muerte aplastándola con una nueva y ficticia, como Stalin lo hizo con la hambruna, convencido de que aquellos que se morían de hambre lo hacían para sabotear el socialismo y la revolución. No podía aceptar, dice Snyder, siquiera la posibilidad de que su propia política de colectivización tuviera la culpa. El problema debía estar en cualquier lugar menos en el propio concepto. Los ucranianos morirían a un ritmo de diez mil por día.






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