#Oscars2018 El hilo invisible
Hay un plano en la historia de amor El hilo
invisible (2017, Paul
Thomas Anderson) que encuadra el interior del taller de moda de Reynolds
Woodcock (exquisito Daniel Day-Lewis, en la que ha declarado será su última
actuación para el cine), famoso diseñador de vestidos de lujo en Londres, en
los años cincuenta: a la izquierda un vestido de novia precioso y delicadísimo
de encajes y bordados, en el que las costureras estuvieron trabajando hasta
largas horas de la madrugada y que debe ser entregado a una princesa belga esa
misma mañana; a la derecha, un sofá verde exquisito donde está tendida,
cubierta con una manta hasta la cabeza, la joven musa de Woodcock, Alma (Vicky
Krieps). La luz blanquecina pasa a través de los ventanales enormes de la casa.
Vemos entrar por la derecha a Woodcock, aún en pijama, y acercarse hasta el
borde del mueble donde, fuera de la manta, se ven los pies de la joven. La
cámara se acerca muy lentamente, reencuadrando con mucha sutileza a los
personajes a medida que el diálogo se va dando hasta un plano general que
prescinde poco a poco del vestido de la princesa y deja ver solo el mueble con
ambos personajes y el ventanal al fondo.
Paul Thomas Anderson no deja detalle estético sin vincular al
relato. En la anterior Punch-Drunk
Love (2002), otro historia de amor, el director utiliza los colores
para dejar ver los deseos y estados de ánimo de los personajes principales,
destacándolos o confundiéndolos con los del entorno según lo que estén
sintiendo en determinada escena. El personaje de Adam Sandler es azul, su
vestir, su oficina, el cielo cuando sale a la calle. El personaje de Emily
Watson es, como debe ser, el color complementario: rojo. A medida que avanza la
cinta podemos notar la fusión de colores así como la fusión de las almas de
ambos personajes. El cielo aparecerá entonces violeta. En El hilo invisible,
Anderson le dedica especial cuidado a las texturas: la fría dureza de las
tijeras y agujas bordando las telas más delicadas y frágiles; la madera rugosa
y opaca de la tabla de picar de la cocina en la que Alma prepara los hongos suaves,
estriados y esponjosos de la cena de Woodcock. Estos pequeños contrastes están
también muy medidos en la banda sonora, como cuando Alma hace sonar la taza de
té al removerlo con la cucharilla para la irritación del modista a la hora del
desayuno (obra del diseñador de sonido Christopher Scarabosio).
Y es que Woodcock es un hombre elegante, con rutinas y métodos. Le
gustan ciertas cosas de cierta manera, y si algo llega a fallar, su
concentración y calma desaparecen y abandona lo que hace. Como un niño. Y esto
es esencial en la cinta: al conocerse con su musa, Woodcock está esperando que
le tomen la orden en un pequeño restaurante de la campiña inglesa, adonde se ha
ido a descansar por recomendación de su hermana, Cyril (Lesley Manville). Y
quien viene a hacerlo, no es más que la joven Alma, quien al sentir la pesada
mirada de Woodcock sobre sí se tambalea, casi tropezando. Alma le lleva el
desayuno copioso que ha ordenado, y tras haber accedido a su propuesta de cenar
juntos, le deja una nota en un papel: “Para el niño hambriento”. Helen Rosner
del New York Times ha dado en el clavo: se trata de una manera coqueta de
desarmar al hombre mucho mayor, pero sobre todo, es una promesa de cuidado. La
frase de una madre.
Y la madre de Woodcock está en los vestidos de novia que diseña.
Al inicio de la cinta, le cuenta a Alma que el vestido de boda de su madre lo
cosió él muy joven. Su madre era viuda e iba a casarse por segunda vez. Su
niñera se rehusó a coser el vestido, puesto que creía que eso la maldeciría, y
no se casaría jamás. Le cuenta a Alma que los vestidos de novia son asunto
delicado, rodeados de un halo de misterio y superstición que hace que muchas
costureras no los trabajen, y que muchas modelos no los usen. Y cuando
Woodcock, más adelante en la cinta, delira por la fiebre, se enfrenta al
fantasma de su madre vestida de novia. “Es reconfortante pensar que los muertos
nos cuidan”, le llega a comentar a Alma.
El amor entre Woodcock y Alma se saborea en una de las escenas
hacia el final de este drama elegantísimo, una historia de amor donde de nuevo,
los opuestos se atraen; ella joven y vibrante; él señorial y rutinario; a veces
el altibajo arrollador de Maria y el capitán von Trapp; otros la obsesión de
John Ferguson y Madeleine; a ratos el infantilismo de Humbert Humbert y Lolita,
a otros las luchas de poder de Fred y Ginger. Una escena en la que el amor que
se declaran viene de los pequeños gestos y las pequeñas frases, pero sobre todo
de la sutil y a la vez agresiva manera de dejarse uno al otro en evidencia.
Alma, esa chica que va de la cocina del restaurante en su primera escena a la
cocina de la casa de Woodcock en una de sus últimas, pasa de ser una cita del
modista a ser su mujer, su musa, modelo y costurera de sus vestidos, culpable
de sus dichas y sufriente gustoso de sus deseos. Siempre a través de la comida,
símbolo de la inflexibilidad de Woodcock y finalmente de su entrega y
enamoramiento por Alma.
Phantom Thread, o hebra fantasma,
nombre original de esta cinta inteligente y hermosa, refiere un malestar
victoriano de las costureras que abusaban de sus habilidades durante largas
horas, según el cual las manos se les seguían moviendo después de haber
terminado las labores como si aún sujetasen la aguja.
El plano referido al inicio, un acercamiento hasta el sofá donde
duerme Alma y la llegada de Woodcock para pedirle matrimonio, encierra buena
parte de la sentencia de Anderson: dejar ver el vestido de novia a la izquierda
del cuadro y luego ir lentamente dejándolo fuera de campo revela que el fantasma
(de ambos) se ha marchado, pero no del todo. La pantalla es centrífuga, decía
André Bazin, queriendo decir que todo lo que se muestra en ella debe ser
considerado indefinidamente prolongado en el universo. El vestido, con todo lo
que este pudiese significar, está allí aunque en ese momento no se muestre: el
amor de Woodcock por su madre, las supersticiones del vestido, el taller, sus
clientas, los celos de Alma. Y sí, para ambos es reconfortante reconocer su
permanencia.



Comentarios
Publicar un comentario