Desde allá
En Desde allá (2015,
Lorenzo Vigas) Caracas no se ve ni suena como Caracas. Inmunda, resplandeciente
y estridente, la capital que solía ser metrópoli latinoamericana después de DF
y Buenos Aires aparece bañada en una luz blanquecina y colores lavados u opacos,
en lugar de brillar colorada y fosforescente como las colas que crea y luego castiga
el régimen. Cornetas, reguetones, salsas eróticas, gritos, alarmas, disparos,
carcajadas, sirenas y silbidos cotidianos están en la película acallados, como
filtrados al igual que el resplandor enceguecedor al que estamos acostumbrados.
Sergio Armstrong, el director de fotografía, ha capturado una Caracas filtrada,
controlada, en unas imágenes cuya luz nívea recuerda más a las costas heladas
chilenas de su más reciente colaboración con Pablo Larraín, la fantástica El club (2015), que al fulgor caluroso
de este valle.
En este drama venezolano, Armando (Alfredo Castro; preciso,
magistral) tiene dinero, arregla prótesis dentales, vive solo y tiene una
hermana. Y dice tener un padre, al que desprecia. Uno que parece haberle
traumado. En una escena señala a un hombre de traje y pelo blanco que entra a
un edificio de oficinas e indica que ese es su padre, sin embargo nunca los
vemos interactuar, ni siquiera cuando toman el mismo ascensor en otra de las
escenas. Elder (Luis Silva; sin duda a la altura del compromiso) un
delincuentucho pobre que pertenece a una banda juvenil criminal menor, que
arregla piezas de carros chatarra, tiene novia y madre. Y dice haber tenido un
padre, al que desprecia. Uno que le pegaba. En una escena dice que si llegase a
tener un hijo le pegaría, para que sepa cómo es la vaina de una buena vez.
El encuentro entre Armando y Elder es diferente al que tiene
Armando con otros jóvenes porque esta vez termina en agresión: al parecer no es
con lo que Armando está acostumbrado a lidiar. Le vemos pedirle a muchachos que
le acompañen a casa, apenas desnudarse mientras él se masturba, y pagarles por
eso. Sin que le importe demasiado la violencia de los encuentros con Elder,
Armando insiste en acercarse al muchacho siendo particularmente generoso. El
joven, ante la confusión sexual y afectiva, va aplacando ciertas agresiones. Uno
parece culto, circunspecto; el otro burdo y físico. Los une el conflicto que se
presenta con más obviedad, aquel de la ausencia de la figura paterna, y cómo
ambos personajes hacen el intento descoordinado y turbio de lidiar con esa
carencia el uno con el otro, en una suerte de relación nabokoviana, como la
describe el crítico Peter Bradshaw. [Creo que Bradshaw iba a algo importante al
señalarla de esa manera: la Lolita es
una gran metáfora de la inmadurez contemporánea].
Acercarse a la psicología de los personajes, por más que la
impecable dirección de fotografía deje ver con sus focos selectivos el grado de
ensimismamiento de Armando, es particularmente difícil en esta cinta. La
relación con sus padres es un tema de conversación recurrente cuando Armando y
Elder están a solas y asimismo le corresponde buena parte de la importancia del
relato. Sin embargo, solo sabemos de ella por lo que los personajes se dicen
entre sí. Vigas pone distancia entre Armando y sus “conquistas”, luego entre
Elder y Armando y finalmente entre el espectador y los principales. Una cadena
de distanciamientos que parece encerrar algo más, algo que no se termina de
descubrir. Quizás sea violencia: cómo saberlo, los motivos de Armando son casi
inescrutables, incluso con las pistas que tan prudentemente depositan Vigas y
su coguionista Guillermo Arriaga en el transcurrir de la historia.
Escribe Eugenio Scalfari: “El vacío estructural de la moderna
sociedad occidental proviene de la ausencia del padre (..) el individuo,
abandonado a su soledad, no ha encontrado otro remedio que confundirse con la
manada”. La manada, dice Francesco Cataluccio, es evidencia de una sociedad
destructiva basada en la ideología del más fuerte, una que ha sucumbido a la
inmadurez, a no querer ver la realidad como es, incluso hasta el punto de
negarla, como lo hace la ideología.
Es por eso que la ciudad de Desde
allá no es la que vivo: Vigas tiene
que desdibujarla porque ni los personajes ni nosotros queremos verla como lo
que es. [Me aventuraría a decir que allí está el asunto totalitario que nos
aplasta y que pareciese no estar en
la película]. Porque en nuestra más profunda infantilización e inmadurez como
sociedad nos rehusamos a mirar de cerca. Desde allá, porque desde aquí puede
ser que veamos quiénes somos y lo que hemos hecho.



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