No respires



Los jóvenes criminales Rocky (Jane Levy), su novio Money (Daniel Zovatto) y quien quisiera serlo, Alex (Dylan Minette) se preparan para entrar en la casa de un excombatiente de Iraq (Stephen Lang) de quien saben sale poco de casa, vive solo con su rottweiler y tiene allí, asumen, cerca de trescientos mil dólares guardados, producto de una indemnización por un accidente en el que murió su hija. Alex sabe cómo desactivar el sistema de alarma: es hijo de quien lleva la compañía que los produce para muchas de las casas de la zona de Detroit donde viven, incluyendo por supuesto la del hombre que planean robar. Y para hacerlo más fácil todavía, el hombre es ciego, perdió la vista durante la guerra. Lo que el trío de adolescentes no se espera es lo que podría ser evidente: el hombre se defenderá. Un plano que describe un rastro de sangre por la calle hasta una figura sombría que arrastra un cuerpo con el albor en el horizonte abre la cinta de terror No respires (2016).



En el cine de terror el monstruo suele ser aquello que no podemos admitir sobre nosotros mismos y acaba siendo proyectado en el otro. [En estas circunstancias preelectorales estadounidenses, tal vez lo monstruoso sea la ceguera, metafórica, de una sociedad que ha necesitado escándalos para abandonar la idea de votarle a Donald Trump y no abstenerse]. Según las convenciones del género en su etapa clásica, el monstruo representa el mal y el héroe el bien, y el monstruo es derrotado inevitablemente. En el terror posmoderno estas clasificaciones no funcionan; si bien existe un monstruo identificable el héroe lo es únicamente porque sobrevive, no porque represente el bien o porque haya realmente acabado con el mal. Y el monstruo, o se vence momentáneamente, o no se vence. Cuenta el teórico Andrew Tudor que la monstruosidad en el cine de terror tiene consecuencias: ser perseguida y destruida, o al menos intentarlo.



El director y guionista, el uruguayo Fede Álvarez, nos presenta a unos personajes desadaptados, de padres ausentes y situaciones familiares y económicas difíciles, como si pretendiese que el espectador se identificase moralmente con los jóvenes. O que por lo menos no refunfuñe al respecto. Buscar con quién sentir empatía pareciese difícil incluso cuando el enamorado Alex, quien es sin duda el más listo de los tres, insiste en abandonar el plan y volver a casa. No saber con quién identificarse conduce al espectador a un estado de angustia incluso antes de que el trío hamponil se haya topado con el cuarto personaje, y funciona acorde con el género desde por lo menos los años setenta, cuando el espectador se hace mucho más cínico y descreído.



La puesta en escena es ingeniosa. Álvarez ha tomado la casa como lugar de desarrollo de los acontecimientos de la manera en que lo haría cualquier otra cinta del género: en tono simbólico y psicológico. Como otras, esta casa está allí para representar los estados de conciencia de quien la habita, por lo cual el sótano –y con este el inconsciente– tiene aparición obligatoria. La casa del ciego está, como debe ser, en un suburbio aislado, rodeada de otras casas deshabitadas. La pandilla al llegar se da cuenta de que todas las ventanas y puertas están cerradas, menos una, pequeña, alta, por donde solo cabe la chica, Rocky. Se suele vincular en simbología la casa con el cuerpo. Las ventanas simbolizan los sentidos: solo encuentran una que les permite el acceso, la que representa el sentido del cual el dueño de la casa carece. Lo verdaderamente ingenioso es que el ciego, una vez alerta ante la amenaza intrusa, tape esa ventana con madera y clavos. Una manera de Álvarez y su coguionista Rodo Sayagues de anunciar que ese sentido, en algún momento, quedará suspendido definitivamente.



Iluminada en tono bajo –por otro uruguayo, el director de fotografía Pedro Luque–, justo lo suficiente para ubicar en qué lugar de la oscuridad de la casa se encuentran los personajes, además de sus expresiones, pero nada más, No respires no resulta confusa cuando no debe serlo. El registro con planos secuencia y movimientos de cámara que siguen a los personajes a través de los pasillos y recovecos de la casa con el mismo sigilo que estos procuran tener al desplazarse, asemejan muchas de las escenas a videojuegos como Resident Evil o Silent Hill. Los diálogos, y el título de la cinta lo anuncia, son casi mínimos una vez se introducen en la casa, al principio, para no despertar al dueño, y más adelante para que este no pueda ubicarlos. Lo que empezó como un robo que parecía tendría mínimas complicaciones se transforma rápidamente en una encerrona con un hombre que acecha no para expulsarlos de casa, sino para acabar con ellos, en una atmósfera permanentemente tensa, constreñida. Este hombre además guarda algo para sí que se revela entrada ya la trama y que por fin le otorga al espectador lo que tanto necesita en tiempos convulsos como estos: certeza de cuál es el mal mayor.



Temprano en la historia se nos cuenta que Rocky tiene una hermana pequeña que está tan descuidada por su madre como la propia Rocky, y que esta quiere llevarla a vivir a California. La poca esperanza del sol californiano, de la luz, tan escasa en ambas casas, convierte a Rocky en la heroína que esperamos sobreviva. El infierno aislado que heroína y monstruo viven es en este caso casi igual de tormentoso. Una diferencia: él arrastra a otros a ese infierno consigo.  












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