Sed de noir (1 de 2)
Los estadounidenses acababan de salir de la Primera Guerra Mundial
y sufrir el crac del 29. Habían incrementado
el bandolerismo y la violencia. Se decretaba la Ley Seca en 1933 y un año
después se imponía el Código Hays, encargado de la censura. Los años de
aparición de películas de gánsters como Scarface,
el terror del hampa (1932) y El
enemigo público (1931) eran años de incertidumbre, desasosiego, vacío de
poder que hacían posible la irrupción de imágenes contrarias a las oficiales.
Tras la exposición de la violencia en estas películas, representantes de
William Hays declararon “indeseable” darle tanta importancia a los gánsters, y
J. Edgar Hoover condenaba que se glorificase más al mafioso que al policía.
Esta es la respuesta que ofrece la ficción criminal a los efectos de la
Depresión; la audiencia en crisis deseaba evadirse de la realidad con doble
gratificación: vivir un proceso de enriquecimiento fácil y conquista del poder
y, al mismo tiempo, el espectáculo de la caída y la derrota de los envidiados
protagonistas de ese éxito. Se trata de un género muy cercano, tanto en tiempo
como en espacio y personalidades, al gansterismo real: Capone, Dillinger,
Bonnie y Clyde, Lucky Luciano. El cine de gánsters se sitúa en la primera etapa
del film noir, la llamada fundacional,
experimental o primitiva (1927-1941).
El terror de la
vergüenza
La censura retrasó el estreno de Scarface un par de años, obligó a hacer unos cortes, a rodar
finales distintos y a añadir un subtítulo: “La vergüenza de una nación”. Se esperaba
dar un tono de ejemplo de lo que no debe suceder e imitarse. El sonido es aún
nuevo para el cine y definirá al género noir.
No hay aquí banda sonora orquestada, solo efectos de sonido y diálogo. El
sonido cuenta la historia: es este y no la imagen el que da la sensación de
ciudad, la crea. El director Howard Hawks usa el sonido para construir el
espacio. La pistola de Tony lo define como personaje y el sonido da ritmo a las
escenas con los tiros. Su arma comunica: en la escena en la que discute con uno
de los suyos, al final dispara: es una extensión del diálogo. En la última
escena cuando Tony y su hermana se esconden de la policía el sonido crea el
mundo exterior, insinuando que este no lo dejará en paz. Hay otros motivos
sonoros, como el silbido de Tony antes de asesinar, y un gran tiroteo seguido
de silencio.
La luz también creará espacios: en muchas escenas se da la
sensación de que el mundo está presente, de que parece “ser tuyo” como señala
el anuncio al inicio, sin embargo la iluminación expresionista inunda de
sombras las escenas representando la moral de los personajes y del mundo
corrupto en el que se desarrolla la trama.
En 1933 con Franklin D. Roosevelt y su rearme económico, el cine
trató de amoldarse a los nuevos tiempos: la regeneración del país. Ya no
estaría bien ver románticamente a los gánsters. Retrocede este “modelo
canónico” del género, manteniendo de protagonistas a los delincuentes y
elogiando la ley con efecto autotranquilizante. Con Hays y Roosevelt se
emprende la represión contra los delincuentes, y gracias a esto el cine
comienza a fijarse en nuevas corrientes: películas sobre presos,
penitenciarías, abogados y cortes defensoras, películas que aún no son cine
negro pero que reflejan el debate nuevo de la sociedad. Cuando en 1940
pareciese que la Depresión está pasando, hay rumores de otra guerra. De nuevo
la sociedad se ve sumida en una atmósfera de angustia, temor, inquietud,
desasosiego, reflejada en el cine negro por El
halcón maltés (John Huston, 1941), y comienza a desvanecerse la línea entre
ley y delincuencia.
Como todos los géneros, el cine negro pasa por ciertas
etapas evolutivas: la primitiva con el cine de gánsters, la del cine negro
clásico (1941-1960), el thriller
moderno o neonoir (1961-1980) y
finalmente la ficción criminal posmoderna, desde 1981. Los hombres llegaban
descolocados de la guerra y este estado hizo eco en los personajes del género:
el héroe del cine negro es uno freudiano, mucho más verosímil para la época,
uno que está condenado y no puede evitar el desastre aunque quiera. Es la mujer
la que tiene el control. Este género gira en torno a la muerte, tiene una
visión pesimista del paisaje social y los personajes son de psicología
problemática, ambivalente. Sus temáticas, tonos y atmósferas son
contradictorias, turbias, expresan la fragilidad del bien y la ambigüedad del
mal. En el espectador causa tensión y angustia pues desparecen sus puntos de
guía psicológicos, no sabe con quién identificarse ya que el protagonista suele
ser un antihéroe fatalista que habita un mundo donde toda referencia se ha
desvanecido.
Policías de moral
ambigua
Con la televisión presente y el ablandamiento del código
Hays los ídolos del star-system
norteamericano habían comenzado a cambiar, producto de las voluntades rebeldes
de la juventud: Marlon Brando y sobre todo James Dean serían ahora el canon
para enamorar y enloquecer a las adolescentes. Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955) y Semilla de maldad (Richard Brooks, 1955) son muestra del interés
por retratar a las nuevas generaciones. Stanley Kubrick escribe y dirige El beso del asesino (1955) y Atraco perfecto (1956), cine negro de
altísima calidad fotográfica y profundidad filosófica: “De Conan Doyle al
Dostoievski de Crimen y castigo”,
afirma Román Gubern, ubicando Atraco
perfecto a la altura de Sed de mal por
las mismas razones.
El teórico Antonio Santamarina (en El cine negro, Alianza) llama a la producción norteamericana noir entre 1953 y 1957 “el pesimismo
crítico”, ya que los cineastas otorgan protagonismo a aquellos que representan
el orden pues este se tambalea en la sociedad. Según Santamarina, a partir de
1954 la moral de los policías del cine se desdibuja, así como los contornos del
género. Esta nueva figura policial que abusa de su poder, fuerza los límites
para que se acomoden a su conveniencia, a su idea de justicia y a sus
objetivos, convirtiéndose en “en juez y verdugo al mismo tiempo”, establece
entonces la semilla para el arquetipo del policía de los años sesenta y
setenta.
La historia
laberíntica de Sed de mal
(Orson Welles, 1958) no podía sino estar acompañada de un
laberinto visual. La dirección de Welles
enmarca las relaciones escabrosas entre los personajes mediante planos que también
dan vueltas, se conectan y apartan en el montaje como buscando una salida que
desde el comienzo se anuncia en su fatalidad (el montaje con el que se estrenó
fue un destrozo que hizo la Universal y que Welles aborreció). Desde el plano
que abre la cinta, uno de los plano secuencia más famosos del cine y complejo
para la época, cuya duración aproximada es de tres minutos, hasta los
contrapicados con los que Welles se hace ver a sí mismo más abultado, enorme,
macizo, impenetrable como la red de corrupción que ha tejido desde el comienzo,
autor y director de fotografía han hecho una película de un atractivo visual
poderoso. La iluminación noir acentúa
las oscuridades de los personajes y situaciones, como debe suceder en el
género. Con la música de ritmos latinos y jazz se constituye una película que
marcaría el final de una etapa del género, en la que la corrupción ha alcanzado
definitivamente a las autoridades del orden público.
La traición es uno de los elementos clave de la
película. Las consecuencias que tiene esta en la relación de Menzies con
Quinlan determinan una línea de traiciones que se identifican fácilmente durante
toda la trama. Welles expone el gran tema de su obra en un género que resulta
el contenedor idóneo. La ambigüedad entre el bien y el mal atraviesa Sed de mal como la línea fronteriza en
la que se sucede. El poder, la corrupción, el crimen, la traición y la
melancolía están presentes en todos los personajes. Escenas llevadas al límite
como la de Susan siendo acosada por el grupo de malhechores, son una muestra
del mal referido en el título. Y encontramos también una fuerte influencia
shakesperiana típica de Welles, donde la moral se desdibuja y da paso a la
tragedia.



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