No podemos vivir así
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| Stanislav Govorukhin |
I
El documental
inicia con imágenes de violaciones y asesinatos como si de un programa
amarillista se tratase. Luego los títulos anuncian la segunda parte,
“Criminales al poder”. Las imágenes cuentan desde el asesinato del zar Nicolás
II durante la revolución, documentan las matanzas de los burgueses bajo órdenes
de Lenin, las hambrunas (inducidas por el régimen, naturalmente), los millones
de apresados y asesinados durante el estalinismo, la destrucción de las
iglesias y el ataque contra los religiosos, la alteración de las miradas sobre
los horrores de la realidad a través de la propaganda, el empobrecimiento
brutal y la aniquilación de los pocos bienes del vasto territorio como
consecuencia de la estupidez y el odio de los involucrados; hasta las escenas
de la vida cotidiana de finales de los ochenta en las que vemos la miseria, la
corrupción, la escasez y las filas interminables para conseguir alimentos. Ante
imágenes de archivo del juicio de Núremberg se sugiere al espectador la idea de
que ha debido existir un juicio similar para los comunistas que durante más de
setenta años destruyeron todo a su paso, exhortando a que es necesario que
respondan por sus crímenes como lo hicieron los nazis. El director acompaña con
su voz profunda las imágenes diciendo, en off,
“los crímenes del régimen nazi no pueden siquiera empezar a medirse con todo
esto en crueldad y escala, especialmente si se toma en cuenta que fue hecho en
contra de sí mismos”.
El 11 de junio de
1990 Associated Press publica un reportaje sobre el preestreno de un documental
llamado No podemos vivir así,
dirigido por el cineasta y actor ruso Stanislav Govorukhin. La nota explica que
la película estaba por ser estrenada en los circuitos de Moscú y que ya había
sido proyectada en varias ocasiones como un evento privado. “No puedo entender
cómo a Gorbachov le ha gustado”, declararaba Govorukhin. Al parecer el
presidente había asistido a una proyección privada y declaró que le parecía
“maravillosa”. Un periódico local había predicho que Govorukhin sería acusado
de ataques malintencionados y campañas de desprestigio: no fue así. Algo había
cambiado.
II
El pasado 29 de
marzo fue noticia en la prensa rusa que Stanislav Govorukhin celebraba sus
ochenta años. Nacido durante la Purga, Govorukhin iba a ser geólogo, sin
embargo terminó por dedicarse a hacer películas. Su obra le ha valido gran
reconocimiento y éxito, desde su primer largometraje, Vertical (1967) hasta 2015 cuando estrenó su película más reciente.
Govorukhin ha dirigido una veintena de largometrajes, muchos de ellos
adaptaciones literarias como Las
aventuras de Tom Sawyer y Robinson
Crusoe. Su fama fue creciendo junto a su producción, pues cuando no
realizaba comedias que podían ser disfrutadas por toda la familia, se inclinaba
hacia un estilo casi policial, en el que un hombre busca venganza y debe
bordear los límites de lo moral y legal para llevarla a cabo.
En los años noventa
Govorukhin dejó a un lado el cine para dedicarse a la política. Después de
haber presentado semejante sentencia en contra del comunismo soviético, e
incluso de haberle realizado una entrevista a Aleksandr Solzhenitsyn,
Govorukhin se convirtió en uno de los hombres de apoyo del candidato opositor a
Boris Yeltsin, y en 2011 el ex agente de la KGB y villano Bond Vladimir Putin
lo nombró jefe de su campaña. Pertenece al Frente Popular de Rusia. Tiene
cargos culturales dentro del Estado, se reunió con el senador norteamericano Jim
Honeyford para conversar acerca de la construcción de un museo pequeño en
Washington en honor a Valery Chkalov, quien hizo el primer vuelo transpolar de
Rusia a Estados Unidos. Firmó el documento que apoyaba la anexión de Crimea. En
su cumpleaños número ochenta fue felicitado públicamente por el dictador
bielorruso Alexander Lukashenko, quien dijo que estaba “convencido de que sus
actividades productivas ayudarán a desarrollar y mejorar los lazos culturales
entre las naciones de Bielorruisa y Rusia”. Es como si Sísifo arrastrara una
gran bola de cadáveres y no de piedra.
III
Enfrentarse a la
dura realidad puede ser difícil. Las voces en El fin del homo sovieticus de la nobel Svetlana Aleksiévich repiten
incansables que eran felices. ¿Cómo era posible? ¿Cómo es posible que bajo un
totalitarismo malsano y asesino los rusos se sintiesen felices y escogiesen no
reconocer la barbarie a la que se habían sometido? Pareciese tratarse de un
quiebre irreparable. Un megalómano genocida llega a gobernar a un pueblo porque
este así lo quiso, porque desde la revolución y como consecuencia de ella, no
saben qué hacer consigo mismos, con su libertad. La coartada de estar
construyendo la Patria grande seduce y encamina los resentimientos y la falta
de rumbo y madurez. “El que quiera restaurar el comunismo no tiene cabeza; el
que no lo eche de menos no tiene corazón”, es una cita de Putin, pero bien puede
serlo de Govorukhin, pues si bien No
podemos vivir así condena con fuerza los setenta años de comunismo, el
cineasta y su amigo el presidente, sienten nostalgia de ser la Gran Rusia: la
nostalgia de la mentira. Por supuesto, no hay ningún juicio en la mira.
A tono con la Rusia
nostálgica, y como confirmación de su proceder, uno de los espectadores en el
preestreno llegó a declarar: “Ya sabemos que no podemos vivir de esta manera.
Lo que necesitamos saber es cómo debemos vivir”.



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