#CineCentenarioRevoluciónRusa El estudiante
El director de teatro y cineasta
Kirill Serebrennikov fue apresado por la policía rusa junto a sus actores
mientras ensayaba en el Teatro Gogol a finales de mayo de 2017, siendo puesto
en libertad únicamente luego de que importantes figuras de las artes de Rusia
–entre ellas el bailarín peligrosamente cercano a Occidente, Mijaíl Barýshnikov–
escribiesen una carta al Padrino, Vladimir Putin, abogando por su libertad.
“Estaban siendo estúpidos” fue la respuesta al director del Teatro de Naciones,
Yevgeny Mironov, de parte de la manito que mece el Kremlin. Nacido de madre
ucraniana y padre judío (un indeseable para el régimen del nieto del cocinero
favorito de Stalin), Serebrennikov pasó de graduarse en Física a ser el
director artístico del Centro Gogol, en Moscú, hasta visitar el Festival de
Cannes este año con su más reciente película, El estudiante (2017, Serebrennikov). Perdido en la traducción, el
título de este drama tiene en idioma original doble significación gracias a la
letra entre paréntesis: (M)uchenik sin m quiere decir estudiante; con ella
quiere decir mártir.
La historia es sencilla: un
adolescente ruso se entrega a la fe cristiana ortodoxa y sigue las escrituras
de manera literal, declarándole como corresponde la guerra al Occidente de
moral relajada en una suerte de cruzada. La primera en recibir la ira de
Veniamin (Pyotr Skvortsov, de rasgos afilados, con un parecido al principal de Tenemos que hablar de Kevin) es, como
debe ser, su madre: la casa que ha decorado (o dejado de redecorar) es tan
agobiante como puede serlo él, recargada de estampados florales oscuros en
paredes, sofás, manteles, alfombras; ella además se ha separado del padre de
Veniamin, no se aclara si por haber tenido un romance con el psiquiatra de su
hijo o por las vagabunderías del padre. O ambas. Esto merece entonces la
primera condena lanzada desde el pedestal moral que se ha inventado este
muchacho para sí mismo, seguido por aquella dedicada a una jovencita del
instituto inquieta y desvergonzada que se le acerca demasiado para su dogma (y
poco para su deseo) en un biquini diminuto y camisetas sin ropa interior.
El asunto no es que haya un
muchacho que se tome las escrituras al pie de la letra en el año 2017. Es que,
como a un flautista de Hamelín energúmeno e hipócrita –besa a la chica que le
seduce, miente y más y peor– los alumnos, docentes y otros adultos a su
alrededor, incluyendo un Padre, lo siguen puerilmente hechizados por su
histrionismo y firmeza [me pregunto a quién emula Serebrennikov con este
personaje…] en una suerte de encantamiento y capacidad para dejarse llevar por
cualquiera que les diga qué hacer y qué no. [De nuevo, el asunto en Rusia: qué
hacer con la libertad]. Así, la directora del colegio prohíbe los biquinis y
obliga a todos a llevar traje de baño entero, y hace que Elena (espléndida
Viktorya Isakova), la profesora de biología, “congenie” hechos científicos
evolutivos con el creacionismo, luego de que el poseso de Veniamin se disfrace
de mono y brinque de pupitre en pupitre saboteando la lección de Darwin del
día. Con suerte, Elena será el personaje con el cual se identifique el
espectador [a menos que se trate de un espectador humanista, racional,
solidario, rousseauniano: uno que quiere nuestro bien y nuestra paz, que “muere
(o mata) por sus creencias”, como dice Veniamin al Padre en una de las
muchísimas escenas frustrantes donde el adulto falla al tratar de contener al
engendro, paradójicamente vestido de gorila, de “buen salvaje”]. Elena no solo
se niega a seguirle. Lo ataca con su propia arma: la Biblia. La respuesta del
muchacho es la ira más infantil y malcriada posible, pues se limita a gritar
“mentira” mientras salta preso de furia en una pataleta más que vergonzosa.
Pero de nada sirve que Elena contraataque. La frustración del espectador se compara
solo con cintas como Falso culpable,
de Hitchcock, o La caza, de
Vinterberg; la verdad sola ante la maldad y la mentira.
El estudiante está filmada muy inteligentemente en planos
secuencia. No solo alargan la ansiedad y frustración del espectador con cada
arremeter de Veniamin, sino que se trata de la ideología del montaje opuesta a
la del cine soviético eisensteniano: este fragmentario y dialéctico,
“fulminante de la realidad” (Barthes), frente a un montaje baziniano, con la
menor cantidad de cortes posibles, la representación que no atenta en contra de
la realidad sino que supedita su criterio de verdad a la existencia de Dios.
Los planos largos y sin cortes, en movimiento –una cámara libre que incluso se tira
al agua junto al personaje–, revela la intención de Serebrennikov de dar cuenta
de la supeditación de las instituciones a la irracionalidad suicida y homicida
propia del yihadismo, esa hipocresía nihilista, que representa el personaje de
Veniamin. Elena se las canta a todos: “¡Necesitan un padre que les diga las
cosas! ¿No se dan cuenta de que eso es una dictadura totalitaria?” –elocuentemente
fotografiada con el retrato del pequeño Putin colgado en la pared al fondo–.
Una sentencia bastante obvia: la Rusia moderna no es sino la vieja Unión
Soviética, más parecida ahora que nunca, a partir de la unión de Estado e
Iglesia gracias a la mafia kremliniana, en la entrega de su libertad a una
creencia que pide la muerte del otro “que no esté conmigo”. [Cuidado, dirán: si
alguien va a matar “infieles”, esos somos nosotros]. La fotografía con un
resplandor recurrente tal vez venga a señalar la verdadera luz divina, la que
anuncia la fuerza y conciencia de Elena hacia el final de la cinta para seguir
resistiendo, mientras que los encuadres cada vez la aíslan más, la condenan a
ocupar un pequeño espacio con la realidad aplastándola.
La última vez que un director de
teatro fue arrestado en Rusia, cuenta Karina Orlova, periodista del diario en
línea The American Interest, fue en
1939 durante la Gran Purga, cuando Vsevolod Meyerhold fue detenido por razones
políticas. Tanto el ministro de Cultura, Vladimir Medinsky, como el vocero del
Kremlin, Dmitry Peskov, han negado que la detención de Serebrennikov haya sido
por una razón política. Serebrennikov es, junto a Andréi Zvyágintsev (Leviatán) y Yuri Bykov (El idiota), de los cineastas rusos que
resisten al régimen, y con qué talento. Con El
estudiante ya no hay vuelta atrás. Ver al joven Veniamin poseso predicando
entre sus compañeros es ver a Lenin entre el pueblo, más de cien años atrás,
llevando a todos la palabra de (papá) Marx [el padre, sí: del genocidio
moderno], diciéndoles qué hacer.



Comentarios
Publicar un comentario