#CineCentenarioRevoluciónRusa #FilMadrid Reminiscencias de un viaje a Lituania
Jonas Mekas huyó de Lituania con
su hermano Adolfas porque escribían un periódico clandestino durante la
ocupación nazi, en 1940, y eventualmente el régimen quiso dar con ellos. Cuenta
en Recuerdos de un viaje a Lituania
(1972, Jonas Mekas) que un tío pastor, sabio, les dijo lo que nos dijeron los
Pet Shop Boys en los noventa: go west,
el único destino que puede haber para la civilización mientras aquel no se
avergüence de sí mismo. Pero el viaje fue interrumpido en Alemania. Jonas y
Adolfas fueron internados en un campo de trabajo por ocho meses, hasta el
término de la guerra, cuando escaparon y lograron alcanzar costas inmejorables:
las neoyorquinas. Mekas divide su película en tres partes, una inicial para
Nueva York, una segunda para Lituania y una brevísima desde Viena para el
regreso a casa, sea lo que esto sea. Un sin hogar, como otras tantas piedras
rodantes del Cinema underground, esa vanguardia que en los sesenta presentaba
cine casero antes del Dogma y que hoy se ha convertido en la norma.
En la primera parte, exilio.
“Quería hacer una película sobre la guerra, quería gritar guerra, que hay
personas que no duermen por la noche porque pueden entrar soldados a sus casas,
y la gente aquí no lo sabe”, dice en off el
propio Mekas, el obvio narrador de la cinta, mientras se ven extranjeros
sentados en los cafés, parques y plazas de Williamsburg conversando. Mekas aún
vive en los Estados Unidos, aunque pueda ahora visitar a sus anchas su viejo
pueblo lituano. A sus anchas porque, en la segunda parte, se cuenta el viaje a
casa que tuvo prohibido hacer durante veinticinco años [veintitantos es por lo
general el número de años que les toma a los comunistas relajarse o
desaparecer, con sus obvias excepciones]. Mekas viaja en los setenta a la casa
donde creció para encontrar a su madre, hermanos y paisajes en el mismo sitio
donde los dejó [otra de las características infalibles del comunismo, como pudo
haberlo querido Hegel: el fin del tiempo]. Y es que Mekas huyó de la ocupación
nazi, sin embargo fue la Unión Soviética la que ocupó antes territorio lituano,
en 1939. No se le llamó ocupación y aún el término se discute en la tierra de
Putin, sin embargo, cuenta Timothy Snyder, eso es lo que fue. La farsa
electoral para que se demostrase al exterior (es decir, a Occidente) que los
lituanos querían pertenecer a la Unión Soviética fue a la vez vergonzosa y muy
efectiva (nadie de este lado, como cuando dejaron sola a Polonia al ser
invadida por el doctor Jekyll y el señor Hyde en una tenaza de muerte y sufrimiento,
chistó al respecto), y los lituanos se vieron entonces parte de un régimen que,
en apenas el año que estuvieron al mando antes de que se instalasen sus primos
vestidos de Hugo Boss, deportaron cerca de treinta y cinco mil personas a
Siberia.
En la cinta su vieja casa de la
infancia sigue en territorio soviético, sus hermanos aún trabajan en la granja
colectiva, se suben a tractores y sesgan la hierba con la hoz. Pero esta vez
hay comida sobre la mesa. Bailan, comen, beben, se echan al sol del verano
lituano. La madre de Mekas trabaja incansablemente recogiendo la fruta de los
manzanos y las grosellas, y cocinando con agua del viejo pozo. Mekas hace un
paréntesis –es literal: indica en intertítulo que hará un paréntesis, y
manteniendo la imagen en negro, cuenta lo que no ha podido fotografiar: la
huida, la persecución, el campo de trabajo– y luego continúan las estampas de
la familia y los paisajes del campo. Mekas es de los máximos representantes del
New American Cinema o Cinema underground norteamericano, distinguido sobre todo
por su estilo de cine-diario, películas donde la cotidianidad es lo único que
se cuenta, en sus detalles y su fugacidad, adelantándose poco más de medio
siglo a este presente de blogs y selfis.
Lituania fue uno de tantos países
que tuvieron que lograr la independencia dos veces en el siglo veinte. La primera
en 1918 y la segunda en 1990, cuando tras la llamada Revolución Cantada junto a
sus vecinos Estonia y Letonia alcanzaron por fin sacudirse a la Unión
Soviética. Y como diría aquel ídolo con pies de arepa [qué manera de rebajar al
alimento], el trío europeo sigue siendo independiente: por ahora. La sombra del
Kremlin es larga (como para venir de un hombre tan pequeño). Cuenta el propio
Mekas cómo obtuvo el permiso para volver. Al parecer, el entonces director de
la sección cultural del Pravda, Yuri
Zhúkov, quería conocer al poeta Allen Ginsberg. Mekas le conocía, y les pareció
que podía ser él quien los presentase. Pero pediría algo a cambio: poder volver
a Lituania a ver a su familia. No, le dijeron los camaradas soviéticos, de
ninguna manera. Mekas pidió entonces que se le comunicase con Zhúkov. “Bueno,
está bien, viajará usted a Lituania”. El partido no solo permaneció con él
mientras filmaba, sino que pidió ver el material antes de salir. Mekas dice que
se los enseñó encantado: las imágenes de su madre sacando agua del pozo y
cocinando al fuego de la leña no representarían amenaza para la Gran Unión
Soviética. Y es que la ausencia de propaganda fue el problema. “¿Por qué aquí
no se muestra el progreso al que ha llevado la Unión Soviética a estas
tierras?” le preguntaron. Mekas responde a la audiencia cuarenta y tantos años
después, con mucha tranquilidad, “no filmé nada de eso porque no lo vi”.



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